“Desde que tengo memoria, siempre quise ser médica”, afirma Silvia Quadrelli, sin dudar ni un instante. Con la misma seguridad agrega que siempre supo que ese era el tipo de trabajo que le permitiría hacer cosas por la gente. “Hacerle más fácil o mejor la vida a la gente”, afirma. Ella, en cambio, no eligió el camino más fácil. Pasó 20 años viajando entre Irak, Afganistán y Kosovo, tratando de reparar las laceraciones materiales, éticas y psicológicas que deja la guerra, desde su lugar en la ONG “Médicos del mundo”.
Nacida en Buenos Aires, Quadrelli concilia ese perfil con una especialización que requiere acaso un poco menos de adrenalina: especializada en Harvard (EEUU) y en la Universidad de Nantes (Francia), es jefa de la Unidad de Docencia e Investigación en su especialidad en el Hospital Británico de Buenos Aires. Con estrechos lazos con colegas tucumanos neumonólogos, pasó hace unos días por la provincia.
“En 1998 creímos que era posible reproducir el modelo de la medicina humanitaria en Argentina y trabajar con argentinos y desde los principios de la acción humanitaria internacional en el país y el mundo. Fundamos Médicos del Mundo Argentina como parte de la Red Médecins du Monde International. Había conocido MDM France, precisamente, en Francia. Sentí que sus principios (asistencia a los vulnerables desde la imparcialidad, la no discriminación y la ausencia de filiaciones políticas o confesionales, denuncia de las violaciones de los derechos humanos) eran mis principios”, enumera.
- ¿ Cuáles han sido sus destinos más duros?
- Siempre la guerra tiene un impacto más profundo por su irracionalidad, su crueldad, su sinsentido. Kosovo fue un conflicto muy duro porque los desplazamientos de refugiados eran masivos y durante nuestro trabajo en Macedonia recibíamos refugiados de Pristina, la ciudad capital. Gente como nosotros, de vida urbana, de clase media que hasta el día anterior tenían una vida tan similar a la nuestra…y de repente estaban viviendo en carpas para 50 personas sin ninguna de sus pertenencias. Afganistán fue peligroso, uno vivía sin saber qué pasaría al día siguiente. E Irak fue horrible porque normalmente los trabajadores humanitarios no vemos heridos de guerra, vemos la patología del hacinamiento y el poco acceso a los cuidados médicos, que se desprenden de condiciones de vida tan precarias como las de un campo de refugiados. Pero en Bagdad la guerra fue urbana, las bombas cluster que no explotaban actuaban como minas antipersonales y veíamos laceraciones, mutilaciones, horrores para los que no estábamos preparados ni moral ni logísticamente. La guerra ha ido cambiando, es cada vez más cruel, más dura y sobre todo, cada vez más afecta a las personas indefensas. Más de 95% de las víctimas de los conflictos bélicos actuales son civiles, personas que no eligieron participar de este conflicto y que no están ni preparadas ni pertrechadas para defenderse.
- En Argentina, ¿cuáles han sido las situaciones más duras?
- En Argentina trabajé unos pocos años. Nos tocó la época dura de los años 2001 a 2003. Los niveles de pobreza de la Argentina nunca fueron los del Africa, pero eran inadmisibles, injustos e inaceptables para un país con el nivel de desarrollo que este tiene, aún para una época de crisis como esa.
- ¿Qué perfil de médico se requiere para hacer medicina en zonas de riesgo?
- Por supuesto, el perfil técnico es importante. Hoy las ONG internacionales han dejado atrás el amateurismo y no envían al terreno a quien tiene la voluntad de hacerlo, sino a quien es necesario para un tipo de tarea específica. Dependiendo de la situación, del conflicto, del desastre o de la situación de vulnerabilidad crónica pueden ser necesarios sanitaristas, infectólogos, cirujanos, generalistas o lo que sea pertinente según el proyecto elaborado a partir de una cuidadosa evaluación inicial de las necesidades. Pero además hace falta una profunda convicción en los principios de la ética humanitaria. El trabajo en el terreno no es una aventura o una manera de justificar nuestra propia vida, es el compromiso de participar en mejorar las condiciones de vida de poblaciones expuestas a riesgos y dificultades de las que alguien tiene que hacerse cargo. Siempre que hay alguien en situación de necesidad, hay alguien que adquiere la obligación moral de ayudarlo. Y los trabajadores humanitarios sienten que ellos son ese alguien. El dolor ajeno es inaceptable e insoportable. Y los trabajadores humanitarios están dispuestos a y necesitados de hacer algo para aliviarlo. Pero no desde la caridad, desde la beneficencia, sino desde la convicción de que las tragedias (naturales o bélicas, agudas o crónicas) siempre tienen responsables y es tan necesario el alivio directo de una necesidad inmediata como la interpelación de aquellos que son responsables de que ciertas poblaciones estén en esta situación de vulnerabilidad.
- Tucumán ha sido conmovida por saqueos. ¿Qué papel cabe a las organizaciones humanitarias ante situaciones como ésta?
- Se supone que las organizaciones con capacidad para la emergencia en estas situaciones salen a ayudar en estas situaciones. Pero el rol de las ONG no es nunca reemplazar al Estado. Las ONG actúan cuando un Estado está colapsado (como en un desastre o un conflicto) o limitado en su acción. Esto sucede generalmente ante Estados previamente débiles o precarios, o porque aún frente a Estados fuertes y con recursos la magnitud del desastre es devastadora (como fue Japón durante el tsunami o aún el Katrina en USA). En conflictos acotados, frente a Estados organizados, la respuesta tendría que estar en manos del Estado.