Crítica

Defensa de la poesía

RODOLFO ALONSO

(Alción - Córdoba). 

En un verso inolvidable escrito poco tiempo antes de morir, el poeta cubano José Lezama Lima se imaginaba abriendo con las uñas un pequeño hueco en la pared, un tokonama. Un hueco donde, como sólo en la poesía quizás, todo cabe: la conversación con los amigos, el insistente daiquiri, los recuerdos de una infancia donde el asma entorpece la respiración e incluso la idea misma de la escritura. Hay en este gesto de rasgar la pared (que implica al mismo tiempo la levedad de lo pequeño y la carnadura de usar las propias uñas para abrir un espacio) una apuesta y una política de la literatura. Hay una suerte de fe en la profunda humanidad del lenguaje y en la literatura como un oficio redentor, como un techito donde parapetarse en el desierto.

“¿Para qué sirve hoy la poesía?” Esta pregunta resuena una y otra vez a lo largo de las encendidas páginas de Defensa de la poesía, de Rodolfo Alonso.

El volumen recoge una serie de reflexiones e intervenciones críticas publicadas en distintos medios del país por este reconocido poeta, ensayista y traductor porteño. “La literatura me interesa como comunión, no apenas como comunicación”, afirma el autor de esta defensa que recoge años de oficio y experiencia en el ámbito de la poesía. Ámbito que se presenta por momentos como un páramo solitario e ingrato: “Estos esbozos tienen por fortuna el haber sido originalmente publicados en mi propio país, donde (me consta) la imagen del poeta y el espesor de su palabra no tienen ya casi curso, no funcionan, no encarnan como debería serlo en una comunidad y en una lengua”.

Sin embargo, aunque “la poesía resulta hoy algo así como voz en el desierto”, luego de recorrer las afanosas páginas del volumen de Alonso, queda en el curioso lector la impresión de que se trata de un libro que redobla, a su modo, la apuesta fervorosa de Lezama: seguir creyendo a pesar de toda evidencia en el mágico círculo de tiza de la poesía, seguir oradando la realidad con las uñas para alcanzar ese hueco desamparado y terrible donde brillan todas las luces del lenguaje.

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Denise León