Se entusiasma cuando tiene que hablar, y puede estar haciéndolo por muchos minutos sin parar. Pero esa no es su profesión: Juan Abba se dedica a pintar y se reconoce como grafitero; su arte está allí, en las paredes en las que interviene, pero también en alterar lo cotidiano, en provocar un cambio en la rutina.

Abba estuvo la semana pasada en esta ciudad y dejó su huella en Barrio Norte, en Corrientes al 600, donde dos grandes ojos parecen mirar de frente a los transeúntes, como si buscaran un diálogo con el otro.

"El grafiti es un acto de rebeldía. Ha crecido tanto en estos últimos años, que hoy los pibes de 12 y 13 años ya lo están haciendo", cuenta, no sin recordar que él mismo empezó a trabajar a los 15 años. "Es que cuando pintás en la calle no volvés a ser el mismo", responde.

Abba vino invitado para un evento de la Fundación We Are Water; pintó un lienzo en vivo (que luego fue subastado), pero insistió en que no podía irse de la ciudad sin dejar un grafiti en la calle. Y le consiguieron la pared, para su propio placer. "Lo mío es como un impresionismo expandible. Trabajo con el punto, y le digo expandible porque pretendo pasar de la forma a la no forma, que un color me lleve a otro color", explica, al tiempo que admite su gusto por los colores flúo. Mucho esfumado, cortes de colores, puntillismo, y los latex de fondo, se pueden observar en sus obras.

Trabajos suyos se pueden encontrar en instituciones académicas como el IUNA, pero también en el club Boca Juniors. A los 30 años vive de su arte, porque una serie de empresas lo contratan para que haga lo suyo, al tiempo que dicta seminarios, conferencias, y realiza performances con sus pintadas.

Durante una conversación con LA GACETA, Abba se niega a incluirse en el denominado street-art: "eso no es de acá, creo que represento al grafiti nacional, que surgió como un momento del hip hop, en los años 90, a la par del break dance y del rapero. El grafiti es un elemento clásico de esa música", asegura, mientras recuerda que pintó los pantalones de Dante Spinetta.

"Una de las cosas más gratificantes y lindas de trabajar en la calle es el contacto directo con la gente. Pasan, te saludan, comparten, te charlan, preguntan y te confiesan que admiran la obra. Es un acto muy profundo, en realidad, porque la gran satisfacción que tiene este trabajo, más allá hacer lo que a uno le gusta, es que le cambiás la rutina al vecino", comenta.

Con sus trazos y líneas, la pieza del grafiti es tanto una imagen como una escritura, pero con una letra (además de la firma), que muchas veces se tarda en distinguirla de los complementos y adornos, por el relleno y el borde.

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En 2009, la productora de la película "Boogie el aceitoso" lo contrató para publicitar el filme a través de grafitis: "Fue un gran experiencia, yo ya la había hecho con programas de Cartoon Network, pero aquí, intenté hacer un gran homenaje al gran Fontanarrosa".

En el momento de hablar de sus influencias, menciona a Van Gogh, Picasso, Quinquela Martín y a Diego Rivera. "Pero insisto, he buscado un estilo propio, personal, que parte del puntillismo, de eso que llamo impresionismo expandido, porque a través de las mezclas de técnicas y estilos, pretendo captar las sensaciones, dar esas impresiones de colores, y a través de colores primarios, como el azul, el amarillo o el rojo", dice Abba.