Corrían los primeros años de la década del 80. Todo el mundo hablaba de "la democracia", algo que recién empezaba y que decían sería maravilloso. La esperábamos como niños ansiosos que aguardan el día de su cumpleaños, con mucha ilusión. En los quioscos empezaban a verse revistas con chicas desnudas en la tapa. Si eso era "la democracia", sin dudas sería genial. En esa época me enamoré por primera vez. Como muchas personas, ella no tenía teléfono (fijo, porque para los celulares faltaban más de 10 años). En la tele había, desde hacía muy poco, dos canales, el 10, con el que había transcurrido mi infancia viendo El Zorro, El hombre nuclear y Bonanza, y el 8, que era nuevito. Para verla tenía sólo dos opciones: ir a la plaza Urquiza, donde se juntaba la barra, y esperar que ella también fuera ese día. La hora siempre era la misma, la tarde/noche. La otra opción era ir a la salida de su colegio y esperar, agazapado en alguna esquina, a que ella saliera. Eran sólo unos minutos en que la veía reír y conversar con sus compañeras y luego se iba caminando a su casa. A veces la seguía unas cuadras. Con eso me conformaba. Después sólo podía encontrarla en mi imaginación. Ponía en mi pasacasete un TDK donde tenía una selección de "lentos", cerraba los ojos y soñaba con situaciones ideales, donde yo siempre era una especie de héroe. La defendía de algún peligro, le solucionaba algún problema o imaginaba que pasaba momentos mágicos con ella, en alguna fiesta de ensueño, en algún viaje. A veces también le escribía poemas y cartas, muchas cartas, sin saber si alguna vez se las daría.

No había Facebook, Whatsapp, Twitter, mensajes de texto ni cualquiera de las decenas de canales de comunicación que existen hoy. Una vez estuve "mil horas" bajo la lluvia, escondido atrás de un árbol frente a su casa, sólo para verla salir. Hoy parecería una locura o una estupidez, pero en esos años no. No había dispositivos ni pantallas intermediarias, había que ponerle el cuerpo al amor. Enamorarse costaba mucho esfuerzo. Había que saber esperar, había que tener paciencia, viajar horas en colectivo, caminar cientos de cuadras, arreglarse y perfumarse, tal vez para no verla, aprender a sufrir y aguantársela. Quizás por eso mi generación fue de las últimas que habló del "amor para siempre". Ni mejor ni peor, sólo diferente. Lo que no cambió y sigue siendo igual es que lo que cuesta poco no se valora y, en general, no dura.