Por Lucía Piossek - Para LA GACETA - Tucumán
1. "Allí, en el sillón en que Ud. está ahora sentado, estuvo Camus poco tiempo antes del accidente en que perdió la vida", le comentó Gabriel Marcel a mi marido, durante la visita que le hicimos en París en enero de 1968. "Camus -continuó- vino a verme porque yo se lo pedí especialmente después de leer su nuevo libro L'homme révolté (El hombre rebelde)".
Mi marido y yo sabíamos que entre ambos, Marcel y Camus, dos de los más difundidos representantes del llamado "existencialismo francés", habían existido grandes diferencias, inclusive hostilidad. En efecto, al aparecer Le mythe de Sisiphe (El mito de Sísifo), en plena guerra, en 1942, obra con la que Camus empezó a ser conocido internacionalmente, mereció por parte de Marcel una dura reseña bibliográfica en la que lamentaba que tanto talento filosófico joven se desperdiciara y quedara atrapado en un nihilismo nocivo y estéril.
"Años más tarde -continuó Marcel- tomé con desconfianza El hombre rebelde (1951), pero a medida que lo iba leyendo advertía con sorpresa que se trataba de uno de los esfuerzos más sinceros y auténticos para superar el nihilismo. Por eso pedí a Camus que nos encontráramos. Vino a mi casa, hablamos de muchas cosas; en todo lo esencial, pese a nuestras diferencias, coincidíamos, salvo en que yo hablaba de Dios y él no. Camus fue uno de los hombres más íntegros, más sinceros que he conocido". No extraña que a uno de sus últimos libros, La dignidad humana, Marcel lo dedicara a la memoria de Camus, "porque ese, el de la dignidad, era su problema". 1
2. Yo veo lo principal de la obra escrita de Camus como organizado en dos grupos: uno, el de la novela El extranjero y la obra teatral Calígula, que giran en torno del ensayo filosófico El mito de Sísifo; el otro, simétricamente, el de la obra dramática Los justos y la gran novela La peste centrados en el gran ensayo El hombre rebelde.
Por este hecho -frecuente por otra parte en su tiempo, piénsese en el caso de un Sartre…-, por este hecho de ser novelista, ensayista y autor teatral, en círculos académicos no se le reconoció sino más tarde la calidad de filósofo. Es que Camus estaba más allá de toda retórica. En El mito de Sísifo, por ejemplo, al preguntarse cuál es la pauta para determinar si un problema es más apremiante que otro, responde: "las acciones a que obliga". Y la acción máxima que puede llevar a cabo un hombre es matarse. Pues bien, "Yo no he visto a nadie morir por el problema ontológico… En cambio he visto que muchos mueren porque juzgan que la vida no vale la pena de ser vivida". 2
Hoy ya nadie puede desconocer la trascendencia del descubrimiento que hizo Camus de un punto arquimédico para recuperar una moral que conjure el absurdo, devuelva sentido a la vida y garantice la dignidad humana; el descubrimiento nada menos que mediante el análisis del "no" del hombre de estos tiempos difíciles, del hombre que da la cara y mira de frente porque ya no soporta la injusticia. 3
Camus quedará sin duda como uno de los hitos filosóficos más genuinos de nuestro tiempo.
© LA GACETA Lucía Piossek Prebisch - Doctora en Filosofía, profesora emérita de la UNT. NOTAS:
1.- Gabriel Marcel, La dignité humaine, Aubier, París, 1964, p. 12.
2.- Le mythe de Sisiphe, Essai sur l'absurde, NRF Gallimard, París, 1942, p.15-16.
3.- El francés cuenta con las palabras rebelle y révolté. Camus utiliza la segunda que no se traduce fielmente por la palabra rebelde española; révolté, es el que "voltea la cabeza y muestra su rostro".