No veía la hora de llegar a su casa. Abrió la puerta de la reja, traspuso el umbral y pateó una botella que largó el último chorro de agua saborizada. Al pie del árbol amenazaban los filos marrones de lo que hasta la noche anterior había sido una botella de cerveza. Se agachó para sacar del medio un cajón de manzanas maltrecho. Caminó por el senderito que atraviesa el jardín esquivando tres chicles pegados y negros. A ambos lados, en el césped había colillas, papelitos de caramelos, y unas bolsas de súper que el viento inflaba y hacía volar en círculos. Al entrar en el living el olor a basura le llenó la nariz. Reprimió la súbita náusea apartando dos envases PET de cola verde vida con sus respectivos sorbetes doblados en V. Todo tenía una pátina de tierra y de hebras de maloja. De un paneo general detectó dos tetrabricks reventados, una lata de arvejas vacía que le sacaba la lengua con la parte de arriba, y una bolsa grande de papas fritas con su interior, metálico y aceitoso, desgarrado. Por el pasillo, hacia el baño, lo sorprendieron un box rojo y blanco -que supo contener 20 cigarrillos-, un expaquete de galletas de chocolate y sus migas, alguna tapita de metal, dos de plástico, más colillas y un sticker de las últimas elecciones endemoniadamente adherido. En el baño, para lavarse las manos tuvo que sacar envases vacíos del lavabo. Resignado, llegó a la cocina. Allí lo esperaban, sembradas por el piso, cáscaras de mandarinas con semillas dispersas, y de bananas, como flores abiertas, resecas...

Esta pesadilla recurrente suele acosar a algunos habitantes de esta ciudad, que la quieren y la piensan como su casa grande. Qué bueno sería que todos y cada uno de los que recorremos a diario sus calles, sus plazas y sus parques, nos despertáramos del mal sueño y nos comprometiéramos a ejercer la higiene urbana tal como lo hacemos en privado. A levantar la basura que producimos en lugar de dejarla caer en cada metro cuadrado que pisamos. No sólo por aquello de "deje este lugar como a usted le gustaría encontrarlo" sino, ante todo, por amor y respeto a nosotros mismos, a los demás tucumanos, y a lo que solíamos llamar amorosamente Jardín de la República.