Con la recuperación de la democracia decidí por fin dedicarme a escribir. No sé si hay relación directa entre una y otra cosa. Pero me sentí libre para hacerlo. Ese premio tan valioso que recibió Marisa que borra (White Ravens International) me sorprendió porque fue mi primer libro. La protagonista es una niña que siente que puede borrar, como una gran goma, todo aquello que no le gusta. Fue una manera (lo veo hoy) de hablar de las cosas que me habían hecho sufrir, de vencerlas. Pasaron muchos libros, pasaron generaciones y…sigo escribiendo. No me pregunto si los chicos y los jóvenes han cambiado mucho, porque también los adultos vamos cambiando, incorporamos nuevas actitudes, lenguajes, tecnologías. Todos vamos creciendo y evolucionando.
Leer, escribir constituyen una de las mejores maneras de explorar y entender nuestro mundo interior y el mundo que nos rodea. Porque así como el lector sigue leyendo pendiente de la trama, de algunos aspectos de los personajes, de las situaciones inesperadas, el escritor se encuentra con ideas, sentimientos y soluciones que no había previsto. El escritor es de algún modo un descubridor. Lo que revelamos está dentro de nosotros, se conecta con la memoria, los recuerdos, los prejuicios y las creencias que nos acompañan y que acuden sin que las llamemos a la construcción de esa historia que estamos contando… A mí se me da por los sentimientos, por el humor y… por la magia. En casi todos mis cuentos hay un elemento mágico que, como un intruso se instala y se adueña de la historia. No porque crea que es imposible aceptar la vida como viene y va, sino porque la vida nos ofrece todo el tiempo soluciones mágicas que solo debemos aprender a percibir y tomar con coraje, y con alegría. También me gusta construir personajes: la serie Lola (para los más chiquitos), Mona Lisa (una monita araña que vive aventuras extraordinarias de las que su madre no se entera nunca) y Don Lencina, un criollo de ley, sabio y silencioso que escupe sapos por la boca cuando quiere decir una "mala palabra".
Me encanta el mar quizá porque lo atravesé como niña inmigrante. Es en ese mar donde aparecen Barco Pirata, El abrazo de Otto (un pulpo con sus ocho brazos) y Poemas de alta mar. La poesía también se instala en mis cuentos, a veces me molesta y, aunque quito rimas y desmadro sílabas, las metáforas se quedan ahí muy seguras de que quieren quedarse. La silla de imaginar (bellamente ilustrada por Daniel Roldán), que ahora integra el catálogo White Ravens, es una gran metáfora sobre el poder de la imaginación. Un poder que los chicos poseen en sumo grado. Y que los adultos vamos arrinconando. Leer, es un gran aliado para que todos, grandes y chicos ampliemos la mirada más allá de nuestras vidas, gracias a esas páginas que nos ofrecen mundos y seres imaginarios.
Canela - Escritora y conductora. La silla de imaginar ha sido distinguido con el White Ravens International, al igual que Marisa que borra, su primer libro para niños.