Escuchás tu nombre por el altoparlante y se te paraliza todo el cuerpo. Te galopa el corazón. La cara te va a estallar. Te tiemblan las piernas y las manos te sudan. La gente estira el cuello para saber quién es el nombrado. Te reís y te escondés detrás de otro. Los demás te aplauden y te empujan al escenario. Subís temblando la escalera y errás el último escalón. Abrís la boca frente al micrófono y carraspeás hacia un costado, volvés a intentar pero no te sale la voz; y terminás dándole un manotazo al micrófono sin querer. ¿Qué es lo que tanto te avergüenza?
El miedo a hablar en público hace que el cuerpo se deje apabullar por pensamientos que horadan nuestra percepción de nosotros mismos. "El temor escénico proviene de varias emociones que se nos cruzan por el cabeza y el cuerpo. El más potente, la vergüenza, está muy relacionado con la autoestima. La baja autoestima hace que nos imaginemos que nos va a ir mal, y nos llenamos de pensamientos negativos. Todo esto nos ocurre cuando tenemos que pasar al centro, sea en un taller, en una reunión o a dar un examen", explica Enrique Monterroso, docente del Centro Gestáltico San Isidro del NOA.
¿Por qué tanto temor? Por el perfeccionismo, contesta el actor y director de teatro, que vino a Tucumán invitado por el centro de Las Piedras 551 que dirige Carmina Varela. "Cuando pensamos que vamos a ocupar el centro de escena no nos permitimos fallar. En esta máxima pretensión, derivada del perfeccionismo, aparece la vergüenza, que no es otra cosa que faltar a una norma, a una costumbre, a lo que se espera de mí. Si me hago pis encima, ese no es el problema, sino que mis compañeritos se enteren. De la misma manera, cuando estoy en escena pienso que los otros deben estar imaginando que yo no tendría que ocupar ese lugar por no estar preparado para ello", explica el experto, que dictará un taller el mes próximo.
"Si hay vergüenza es porque hay un avergonzador. ¿Cuál es? ¿Una experiencia del pasado? ¿Un rol del que no puedo salir? La Gestalt permite averiguarlo a través de la experiencia de las emociones, de vivencias con todo el cuerpo para tomar contacto con los personajes inhibitorios", afirma.
"En la Gestalt hablamos del perro de arriba y el perro de abajo. El mandón y el mandado, como dos energías en pugna. El de arriba es el perfeccionismo y el otro, el statu quo, el que no quiere arriesgar. Hay que buscar un equilibrio y encontrar nuestras potencialidades; ser espontáneo, porque cuanto más perfeccionistas, más alto es el escenario", remata.