Hay decisiones difíciles de tomar y esa dificultad lleva, muchas veces, a prolongar una situación negativa que complica aun más las relaciones y las actividades que sostenemos. Divorciarse es una de esas resoluciones que obligan a dar muchas vueltas antes de atreverse a adoptarla. María Marta vivió esa realidad y nos cuenta cómo logró dar ese paso que terminó poniendo en positivo toda su vida.
"Mi matrimonio ya no funcionaba más. Mi ex esposo es una buena persona y un buen compañero, pero la relación estaba muy desgastada. Nos habíamos separado de hecho, ya que no compartíamos el dormitorio, pero no me atrevía a divorciarme. Me frenaban la cuestión económica, porque si bien yo trabajo no era la que mantenía la casa; los mandatos familiares, que me decían que piense en los hijos, que hay que aguantar, y así", rememora María Marta, de 40 años, y madre de dos chicos de 19 y 11 años.
Culpabilidad
Lo peor es que se sentía culpable de lo que pasaba. "Creía que era la 'oveja negra' de la familia, la rebelde, aunque por otra parte, responsabilizaba a mi exmarido de la situación", confiesa.
En eso estaba cuando un amigo la convenció de hacer un entrenamiento de coaching emocional. "Yo era escéptica -admite ahora-, pero como no encontraba salida, fui. Y al poco tiempo me empezaron a 'caer las fichas'". María Marta hizo varios meses de entrenamiento, que le permitieron llegar a varios descubrimientos. Ella los resume en su charla con LA GACETA.
"Comprendí que más allá de lo que yo hiciera, no dependía de mí que mi exesposo cambiara. Me di cuenta de que todo lo que me pasaba dependía de mí. Por ejemplo, si yo me enojo con alguien, el problema no es del otro, sino mío, porque la emoción es mía", explica. "Yo pensaba que si mi exesposo cambiaba, la relación iba a a mejorar. Yo pretendía que volviéramos a ser una pareja romántica, que él fuera más afectuoso, que se fijara en los detalles de mi peinado o de mi ropa. Creía que de esa manera me iba a sentir contenida. Es decir, estaba convencida de que el problema era él, no yo", cuenta.
Recuerda que reforzaba este convencimiento en que ella ponía empeño en dialogar y siempre lanzaba alguna iniciativa para salir o hacer proyectos juntos (hacer un picnic en el parque 9 de Julio o mandar los chicos a la casa de la abuela un sábado a la noche para quedarse solos a ver una película y cosas así). Pero nada funcionaba.
"Cuando entendí que a los únicos que podemos modificar es a nosotros mismos, dejé de quejarme de mi exesposo. Pude ver que le pedía cosas que él no tenía interés en hacer. Entonces, me hice cargo de mí misma, y pude, por fin, plantearle el divorcio", reseña.
El presente
Agrega que siempre andaba diciendo frases que comenzaban con "vos, que nos hiciste..." o "si no hubiésemos hecho tal cosa...". Afirma que eso equivale a vivir en el pasado y en el futuro, añorando lo que no fue o lo que pudo haber sido. "Cuando aprendí a vivir en el presente fue duro, pero pude ordenar mi vida. Pude establecer prioridades, sin olvidarme de mí misma", asegura. Entusiasmada, cuenta que mejoró la situación en sus dos trabajos (docente y organizadora de eventos), que se halla más tranquila y que hasta se encuentra a punto de comenzar a construir la casa propia.
"Antes estaba pendiente del juicio de los demás y yo también juzgaba a los otros. Ahora no. Al contrario, si puedo dar una mano o una palabra de aliento, lo hago, y agradezco lo que he aprendido", dice al despedirse.
De vagabundo a padre de familia con casa propia
El coaching emocional también le sirvió a Alfio Sandoval Astorga, un mendocino de 37 años, para dar un vuelco importante en su vida.
De ser un "vagabundo" sin brújula, que escapaba de todo tipo de compromiso, y que no se comunicaba con su familia, pasó a establecerse en Tucumán con empleo estable, a formar su propia familia y a poder decirles a sus padres que los quería.
"Me sentía sin dirección en la vida. Había probado varias vías, y llegué al coaching emocional buscando un mejor desempeño profesional. Pero encontré mucho más que eso", revela.
Haciendo el entrenamiento, durante un ejercicio denominado dinámicas, Alfio hizo de hijo de una señora. "Pude ver a mi madre y el sufrimiento que le causaba con mi forma de vivir, porque yo me iba de mi casa durante meses, llamaba por teléfono de vez en cuando, y a veces mi familia no sabía dónde estaba", cuenta.
Eso lo motivó a llamar a sus padres por teléfono. Era 2006. Y por primera vez en la vida, les dijo que los quería. La reacción fue insólita. "Mi madre lloraba y mi papá mandó a uno de mis hermanos a buscarme porque pensaba que me iba a suicidar. De otro modo no se explicaba que yo les hubiera expresado mi afecto", recuerda ahora distendido.
"Yo viajaba mucho, trabajaba un poco y seguía viajando. Siempre trataba de agradar a los demás. Tenía muy en cuenta el juicio de las demás personas, y en realidad, temía el juicio tanto de mis padres como de cualquiera que estuviera cerca de mí. Cuando tenía 30 años, en el entrenamiento el coaching, declaré que a los 35 iba a formar mi familia. Y así sucedió. Hoy tengo a mi esposa, Sofía, y dos hijos hermosos: Santiago, que es mi hijo del corazón (fruto de una relación anterior de Sofía), de 7 años, y Candelaria, de 2", añade emocionado.
"Descubrí mi potencial"
Alfio recuerda que le decían frases como que el universo conspira en favor de uno cuando uno empieza a ordenar su vida. Y él no creía en esas cosas. "Hoy no lo veo así. Pero aclaro que no es magia ni superchería. Simplemente, el cambio que logré en mi vida fue posible porque descubrí mi potencial, que es lo que permite que uno sea el arquitecto de su vida. Claro, a veces uno no puede darse cuenta solo y necesita que alguien lo ayude. Eso fue el coaching para mí", aclara.
Al concluir la charla, agrega: "también descubrí que más allá de que yo esté bien, no me sirve de nada si los que me rodean no están bien. Así que ahora no solo busco una vida mejor, también quiero un mundo mejor".