Por Hugo A. Berreta - Para LA GACETA - Tucumán

El tango nació en las orillas del Plata hace más de 120 años. Nace con aportes de la habanera, la milonga y el candombe, y luego de un confuso y rudimentario proceso de maduración, adquiere -paradójicamente- sabor pleno al incorporar como elemento fundamental de la orquestación a un instrumento musical de viento inventado en Alemania medio siglo atrás, sin mayor pena ni gloria, en un ambiente totalmente diferente a nuestro Río de la Plata y para ceremonias rurales religiosas, por Heinrich Band, un oscuro fabricante que de esa manera impensada incorpora su nombre a la historia de una música que jamás conoció y gracias a la cual su invento tomó difusión mundial. Por eso, Sabato se pregunta: ¿Qué misterioso llamado a distancia hizo venir a un popular instrumento germánico a cantar las desdichas del hombre platense?

Como la industrialización de la ciudad no podía asimilar a todos los emigrados del campo, nace un grupo humano marginal constituido por el hombre nativo desalojado de su medio. Así nació el compadrito de arrabal -deformación caricaturesca del compadre-, perteneciente a aquellos núcleos rurales que habían perdido su pasado y carecían de un futuro urbano al que no podían aspirar por esencial inadaptación; se mudó a la callejuela o a la cortada. En ese ambiente orillero aparecen, pues, los primeros tangos, fuertemente influenciados por la payada criolla y cargados de letras desafiantes y picarescas que emplean siempre la primera persona. Luego se diversifican los temas y adquieren mucho más calidad, nacen auténticas agrupaciones orquestales con intérpretes de buena formación musical y cantores que saben expresarlo. Y tres décadas más tarde, luego de triunfar en el viejo mundo, recién entonces es recibido el tango en los cien barrios porteños, que le abren plenamente sus puertas, irrumpiendo incluso en los afrancesados salones de la estirada sociedad porteña de la época, siempre tan dócil a los dictados de París.

Después continúa su evolución: la Guardia Vieja (¡con tantas obras perdurables!) es sucedida por una legión de músicos y poetas inspirados y cultos que entregan piezas inolvidables y de gran belleza, que, como dijera Borges, desafían el paso de los atareados años que vivimos. Es la eclosión de la década del 40, en la que nuestra música ciudadana alcanza su máximo esplendor. En un inmenso abanico de temas logra expresar -en el breve término de tres minutos- situaciones de alegrías, pena, esperanza, rencor, amargura, en fin, todo lo que constituye el drama humano, en particular el amor carnal, con toda su gama de emociones.

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Hugo A. Berreta - Autor de Radiografía del Tango.