Contar con un espíritu cauteloso resulta positivo. En especial, ante aquellos casos en que uno va a adentrarse a un sitio o a un ámbito desconocidos, que pueden ocultar peligros. Pero advierto que el exceso de prudencia suele provocar inacción, parálisis. Muchas veces usamos la cautela como excusa para no emprender algo que de salir bien nos daría gran placer, pero que si resulta mal podría causarnos fuerte pesar. Frente a eso, preferimos no hacer olas, no intentar. Execro tal actitud. Vayamos con furia a buscar ese sí, simplemente porque existe la chance -aunque remota- de que podemos obtenerlo. Y si al final nos aplastamos contra un no, nos sacudamos, esperemos que sanen las nanas y volvamos a intentarlo. Miremos hacia atrás un momento. ¿Cuántas veces quisimos hacer o decir algo, y lo reprimimos bajo la excusa de la mentada -y mentida- prudencia? No existe el "Delorean" de Volver al Futuro, así que nada podemos hacer para remendar lo no hecho. Pero sí podemos decidirnos a dejar de lado, de ahora en adelante, la frazada del exceso de prudencia. Seamos más imprudentes a la hora de gritar sentimientos, a la hora de ejecutar abrazos, a la hora de decidir un viaje, un llamado. "Por decir lo que pienso sin pensar lo que digo más de un beso me dieron y más de un bofetón", admite Joaquín Sabina... Busquemos el beso, aunque venga el bofetón. El puro hecho de decir lo que uno piensa ya es, en sí, un premio gigante.