Las familias argentinas están financiando, cada vez más, el consumo con el uso de la tarjeta de crédito. Y una prueba de esa conducta es el Informe Monetario de febrero del Banco Central que corroboró un incremento interanual del 44,6% en la utilización del dinero "plástico". El reporte, difundido ayer, es una muestra de los hábitos de consumo nacional. Pero la emisión de las tarjetas parece haber llegado a un techo. "Uno de los factores que determina lo que sería una menor tasa de expansión en cuanto a los plásticos circulantes, es que al día de hoy la cantidad de tarjetas de créditos que poseen los argentinos representa el 87% del total de la Población Económicamente Activa, por lo que no habría mucho margen para continuar la expansión en el número de plásticos", indica un diagnóstico elaborado por la consultora Abeceb.com.

En este contexto, el informe añade que el número de tarjetas no tiene mucho margen de crecimiento y difícilmente vivirá otro boom como sucedió entre 2009 y 2012, cuando el número de tarjetas pasó de 11,7 millones a las 17,8 millones registrado en el tercer trimestre de 2012 (último dato disponible).

Frente a esa realidad, los expertos consideran que no resulta viable que el Gobierno nacional avance con la idea de lanzar una tarjeta única de crédito, emitida por el Banco Nación, para pagar las compras en grandes comercios y también en las cadenas de venta de electrodomésticos.

La idea de apelar a una única tarjeta para comprar, con el pretexto, en principio válido, de los altos márgenes que se retienen a los comerciantes, tiende a maximizar los controles sobre los contribuyentes, crea costos adicionales a los tenedores de otros plásticos y reduce los servicios de fidelización de los bancos, pero no garantiza eficiencia operativa ni mayores ventajas para los consumidores, dice la economista Susana Nuti. En una columna de opinión difundida por la agencia de noticias DyN, la titular de la Fundación Mercado interroga: "¿por qué en vez de imponer no se recurre a una negociación seria y comprometida con los operadores para bajar las comisiones a favor del consumidor?"

"Es inocente pensar que después de todos estos años de inflación, el problema principal radica en los márgenes de las tarjetas de crédito, cuando fueron usadas hasta ahora para fogonear fuertemente el consumo", plantea.

Las tasas

Según el director del Centro de Estudios Económicos y Sociales del NOA (Cesnoa), Daniel Abad, la decisión oficial de lanzar una tarjeta única no es más que "un globo de ensayo con el que el Gobierno quiere extender el congelamiento de precios y disimular la inflación". Además, afirma, ese mecanismo está lejos de resolver el problema inflacionario porque "la mayoría de los titulares y adherentes de las tarjetas las usan para comprar en el supermercado y esto puede repercutir también en las empresas emisoras regionales".

Abad considera que, usualmente, la intervención del Estado en la economía generalmente tiende a garantizar la competencia. "Pero en este caso, parece ser lo contrario", sostiene. El titular del Cesnoa cree que el Gobierno, más bien, debería garantizar el cumplimiento efectivo de la ley que regula a las tarjetas de crédito, particularmente en materia de tasas de interés.

Para frenar las expectativas

Los acuerdos de precios sólo pueden contribuir a desactivar, en el corto plazo las expectativas inflacionarias, dice el economista Eduardo Robinson.

"Si no se controla la emisión de moneda, no crece la inversión, se profundiza el déficit fiscal, se debilita el comercio internacional, mediante restricciones a las importaciones y exportaciones, no habrá manera de controlar efectivamente la inflación", advierte.

Robinson acota: "como no se ve vocación por parte del gobierno de recorrer ese sendero, tras el poco efectivo mecanismo de congelar precios, sólo podrá decir que los que producen la inflación son los empresarios formadores de precios". Ante este panorama, la pregunta relevante es: en el caso de que el acuerdo se prorrogue, por lo menos, hasta las elecciones, ¿qué puede pasar con la inflación? La respuesta es que seguirá alta, aunque no necesariamente se acelere. Dependerá del cómo vaya el nivel de actividad económica y de las expectativas. Pero, mientras no se resuelvan las raíces del problema, por lo tanto, habrá subas y bajas mensuales, en niveles altos, pero no cabe esperar que haya una moderación significativa en la dinámica de los precios, dice el economista.