Fue hace una semana. De tanto dar vueltas el grupo terminó en una fiesta bien clandestina, de esas que tanto gustan entre los tucumanos. Se escuchaba dubstep, un ritmo electrónico que apareció en el mundo a fines de los 90 y empezó a encontrar puerto en Tucumán hace poco tiempo, sobre todo entre los jóvenes de veintipocos. Si alguien pensaba que la música electrónica que se escuchaba hace 10 años en Nocturno era cosa de locos desquiciados y esquizofrénicos, hay que probar una dosis de dubstep. Verdaderamente taladra el cerebro, en el mejor de los sentidos, y a pesar de la monotonía sampleada, es un ritmo capaz de levantar a un muerto. Los dueños de la fiesta, mezclados con los asistentes, se concentraban en las imágenes de limones asesinos proyectadas en la pared. El acecho del IPLA estaba asegurado, porque la fiesta era en pleno centro. La hora maldita se acercaba al galope y, tal vez en un intento de conservar la rebeldía, las chicas se sacaron las remeras en masa y quedaron en corpiño. Los chicos habían hecho lo mismo hacía rato, pero a nadie le llamaba la atención. Lo de las chicas sí llamaba la atención, al menos para los más cercanos a los 30 que a los 20.
Tranquilo, señor papá. Nadie se hizo el piola con la nena, ni intentó tocar o mirar de más. Lo hacían con tanta naturalidad que daba la sensación de ser una especie de Woodstock. Más que de sus "partes", las chicas presumían de sus tatuajes. Y bailaban, sobre todo bailaban, sin importarles más nada.
Algunos con remera y otros todavía sin ella se largaron a la calle. En la puerta ya estaba esperando la combi blanca del IPLA. Todos salían con una sonrisa, como si respiraran libertad. Dieron ganas de reírse de aquellos que sostienen que la juventud está perdida.