Este carnaval me pegó mal. Y, según pude comprobarlo, no fui el único al que le pasó.

Todo comenzó el jueves.

Me largué a la calle y vi que los vendedores ambulantes ya estaban ofreciendo bombuchas y nieve artificial. Me acordé de Amaicha: me imaginé la enramada, el topamiento en la plaza. Sentí olor a albahaca, vi una caja chayera hecha hilachas. Se me puso la piel tirante por la pintura y me empezaron a arder los ojos llenos de condimentos de carnaval. Pensé en los miles de descocados bailando en el pie del escenario desde el mediodía...

También pensé en una amiga que el martes pasado agarró su auto y se fue para el norte del continente. Sin tiempo, sin rumbo fijo, sin ruta y sin apuros. Un año, dos años conociendo lugares y gente. Coleccionando anécdotas. Viviendo mil historias por segundo, concentrada en el ahora. Me rebotaron en la cabeza sus palabras antes de partir: "largá todo y vamos. ¡Que se haga agua..!"

Y llegó el carnaval, el momento en el que se hacen visibles esas ganas que, creo, en el fondo todos tenemos: decir "¡que se haga agua el helao!" y salir a que la vida nos lleve a la deriva. No sé si el Rey Momo se lo habrá propuesto, pero el efecto colateral del carnaval, a veces, es la reflexión: ¿vivimos la vida que soñamos?