El dato de que en un caso de violencia doméstica sea el varón el que argumente que era él -y no la mujer- el objeto de maltrato en la relación, suena novedoso. Y en verdad es un dato relativamente nuevo y que crece de a poco pero sin pausa, según reflejan las estadísticas de la Oficina contra la Violencia Doméstica del Poder Judicial de Tucumán. Pero, si todos los varones maltratados reaccionaran como lo hizo Pedro Tártalo, que le prendió fuego a su mujer, María Rosa Acosta, dejándola al borde de la muerte, habría que decretar el fin de la sociedad y el regreso definitivo al mundo tribal y salvaje. Con víctimas así, qué queda para el victimario.

Los casos de mujeres quemadas por varones ya van construyendo su propio historial: sólo en Tucumán, el año pasado, ya fueron dos; y vale reproducir la reflexión de una tucumana experta en género: que quemar a una mujer es pretender dejar en su cuerpo una huella que, si la víctima sobrevive, la acompañará hasta el último día. En el caso puntual de Tártalo, la metodología -quemar a la mujer desde la vagina- es digna de diván, y la primera conclusión es el mensaje "si no sos mía, no sos de nadie".

Es cierto, como se ha dicho antes, que todas las estadísticas muestran en los últimos años más denuncias de varones por maltrato. Pero esto es harina de otro costal, y la tendencia es por todos reconocida, aunque las interpretaciones sobre las causas difieran. Si nos atenemos a los gráficos que se exhiben en el sitio de la Oficina contra la Violencia Doméstica (OVD) del Poder Judicial de Tucumán, entre abril de 2010 y noviembre de 2012, cuatro de cada denuncia por maltrato fueron realizadas por varones. Hace una década, las estadísticas para esas situaciones apenas arañaban el 1%. Si los datos hablan, el cuadro estadístico que elaboró la OVD indica que casi la mitad de los varones afectados (49%) son casados, lo que indicaría que la violencia es conyugal. Y hay otros dos datos que hablan: la mayoría de los varones denunciantes casi no tienen escolaridad ni ingresos económicos. Ambas, señales de que el empoderamiento económico suele ser un organizador en el hogar. Y que si es la mujer se convierte en "proveedora" (como ocurrió en 2001 en algunas localidades de Tucumán, cuando el varón se quedó sin trabajo y las mujeres accedieron al empleo doméstico y a los subsidios del Estado) el espejo le devuelve al hombre una imagen "debilitada".

Como se ve, la trama de la violencia de género está atravesada por factores históricos, sociológicos, económicos y psicológicos. De vuelta a las estadísticas, los números del Centro Municipal de Violencia, Mujer y Derechos Humanos, que dirige Lucía Briones, van en la misma dirección que la OVD. Con algunos agravantes: las denuncias de jóvenes maltratados psicológicamente por sus novias ya llegan al 7%; y la violencia cruzada entre el varón adolescente y joven y su pareja han trepado del 23 % al 30%. Lo que Briones y su equipo detectan con preocupación es que la agresión entre las parejas jóvenes es cada vez más brutal, más violenta. ¿Las causas? espejos falseados de sus situaciones familiares; varones y mujeres que eligen parejas dominantes o "débiles" según el caso, porque creen que esas elecciones les permitirán, de algún modo, no repetir el destino de sus progenitores.

Hace por lo menos una década que los organismos multilaterales de la salud (Organización Mundial de la Salud, entre otras) han asumido que la violencia de género es una epidemia; y, como toda epidemia, exige respuestas desde las políticas públicas sectoriales. Ante las inquietantes estadísticas sobre la violencia entre jóvenes, urge esa respuesta; al fin y al cabo, ellos son la sociedad tucumana del futuro.