¿Existe conducta moral en la política? ¿Subsisten en ella los valores que alguna vez hicieron grande a nuestra sociedad? La respuesta es compleja y tiene múltiples aristas. Desde el punto de vista práctico, siempre hubo un antagonismo entre política y ética. Como si una no fuera compatible con la otra. Esto es particularmente visible en Tucumán, que tiene un pasado teñido por esta suerte de bipolaridad insalvable. Y un presente que demuestra su continuidad sin ningún tipo de pudor. Funcionarios que nombran a sus familiares (el escándalo de Cortalezzi tuvo una inusitada repercusión en la red), políticos que hacen la vista gorda y hombres públicos que sólo llevan agua a su propio molino, son sólo algunas de las prácticas de esa vieja política que aún perviven en nuestra provincia. Sin embargo es posible acercar algunas posiciones. Para empezar, habría que diferenciar la política de los hombres que la practican: los políticos. La política es la actividad humana que tiene como objetivo dirigir la acción del Estado en beneficio de la sociedad. Por lo tanto, lleva implícita la ética desde el instante mismo de su definición. El político, en cambio es la persona que se dedica a realizar actividades políticas. Y es aquí donde comienza esa absurda dualidad. Una dualidad que algunos intelectuales supieron expresar contundentemente hace ya muchos años. Tantos que sus dichos se pierden en los vericuetos de la historia. Aquí van algunos pensamientos realmente brutales:
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Durar y perdurar parecen hoy exigencias más preeminentes que crecer y progresar. El consumidor y el consumido ocuparían hoy el vacío social dejado por la figura del ciudadano. Ambos son espectros del ciudadano. Representan lo que sigue a su agonía. El ciudadano se volatiliza con la extinción de la ley del bien común. Una ley que debería ser el valor superlativo del Estado. Por eso, con su extinción, desaparece también el sentido del Estado. (Santiago Kovadfloff, filósofo)
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El político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones. (Winston Churchil, político y hombre estado británico)
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Los políticos son siempre lo mismo: prometen construir un puente aunque no haya río. (Nikita Jruschov, líder de la Unión Soviética en la Guerra Fría)
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La guerra es el arte de destruir a los hombres, la política, el arte de engañarlos. (Parménides de Elea)
Como se ve, para algunos pensadores, el político es un bicho extraño, que casi siempre se conduce sin ética. Pero la realidad es bastante distinta. Si bien los políticos hacen lo posible para tratar de hacer realidad todo aquello que se dice de ellos (las promesas absurdas, el despilfarro casi obsceno de recursos, el uso de los desposeídos como excusa para ganar adeptos, el bolsoneo descontrolado y los planes que no alcanzan) lo cierto es que la política sigue siendo el mejor ámbito para debatir lo que nos pasa. La clave está en saber diferenciar entre lo positivo de la política y lo negativo de los que la practican. Afirmar, por ejemplo, que no hay chicos desamparados porque disminuyó la cantidad de internos en los hogares es realmente ingenuo. Basta echar un vistazo a las esquinas de los semáforos para darse cuenta que esa verdad no se sostiene. Es lo mismo que afirmar que el desempleo cayó, cuando en realidad aumentó la cantidad de gente que recibe planes sociales sin trabajar. Entonces hay que saber mirar. Al fin y al cabo, el hombre es un animal político, a decir de Aristóteles.