No le llamaban Catto todavía cuando correteaba por aquella amplia casona mendocina que fue su primera morada y se imbuía del olor a tabaco que dejaba el padre a su paso. No lo llamaban Catto cuando convirtió al más alto pino del jardín en su reino y allí trepado se pasaba horas, rutina que solo interrumpía para ir a patear la pelota "no menos de 500 veces al día". No lo llamaban Catto cuando, al volver de la escuela pública en la que hizo la primaria, el más lujoso de los recibimientos imaginable era una merienda que incluyera tortillas con manteca y kero, un alimento similar a la miel. No. Hasta entonces, hasta entrada la adolescencia, era simplemente Marcelo Horacio Emmerich, el segundo de tres hijos de una mamá actriz y un papá periodista. "Sí, Marcelo Horacio me llamo -ratifica, con la sonrisa de quien ya ha tenido que bancarse una que otra cargada al respecto- ¡Nombre de coiffeur me pusieron mis viejos!".

Y no es disparatado pensar que alguna vez, si le dan el tiempo y las ganas, este mendocino de nacimiento y tucumano por adopción termine incursionando en las artes de cortar el pelo. No es disparatado porque, hasta ahora, a sus 41 años, Catto se ha desempeñado en los más variados oficios, a veces por necesidad, algunas por gusto, otras por habilidad: del mozo que le dio de comer en su juventud pasó al mimo con que se sostuvo en la calle, y de allí -con mejor suerte- al actor, periodista y conductor que conocemos los tucumanos. "Yo no creo en ese concepto del que mucho abarca, poco aprieta. Todo puede hacerse si uno está preparado", opina. Y ha sido ese convencimiento el que lo mantuvo en la palestra artística y el que lo hizo merecedor, en diciembre pasado, de un premio Artea por sus 25 años de trayectoria. De sus proyectos inminentes, de las lecciones que le dio la calle y, sobre todo, de esa carrera que convirtió a Marcelo Horacio en Catto habló Emmerich con LA GACETA:

- ¿Cómo empezás a vincularte con lo artístico?

- Desde muy chico acompañaba a mi mamá al teatro y me fascinaban las bambalinas. Más tarde, cuando ya supe leer, mientras ella lavaba la ropa o hacía la comida, iba por atrás leyéndole los libretos. Entonces ella hacía su personaje y yo los otros seis o siete de la obra. Y así me empezó a gustar. Al mismo tiempo, mi papá me llevaba al diario y, para que no lo jodiera, me sentaba adelante de una máquina de escribir a copiar papeles. Pero, sobre todo, siempre fui el payaso de los grupos. Tengo la necesidad de hacer reír, desde niño. En mi casa no soportaba momentos de tensión, ni caras tristes o largas.

- ¿Y por qué esa necesidad?

- Un poco por carencia. En mi casa no hubo televisor hasta que no tuve 10 años y hasta entonces había que ocupar el tiempo en otra cosa. Lo veía muy serio y estructurado a mi hermano mayor. Ojo: es un tipo que admiro, que tiene una cultura impresionante... pero era muy aburrido. Tal vez, en mi inconsciente, pensaba 'hay que darle una vueltita de tuerca a esta casa'. Y, para hacerlo, no me quedaba en el simple chiste: si les gustaba determinada cosa, innovaba y probaba con alguna otra. Me encantaba que la gente se riera de lo que yo hacía.

- ¿Qué otras cosas recordás de tu adolescencia?

- Fue fea, no disfruté de lo que debería haber disfrutado. Hasta los 15 años fue divertido: con mi familia nos habíamos mudado a un barrio nuevo, tenía un equipo de fútbol con nuevos amigos, salíamos a robar uvas en los viñedos... Hasta que se separaron mis viejos y mi mamá se volvió a Tucumán -de donde es oriunda- con mis hermanos. Yo me quedé en Mendoza porque estaba a mitad de año en la escuela, pero también porque allí estaban mis amigos, mi mundo conocido. Mi viejo nunca se hizo cargo de mí: tenía nueva pareja, un nuevo estilo de vida y yo no contaba mucho. Así que me fui a vivir con una tía y, de allí, a una pensión. Me mantuve trabajando como mozo y lavacopas en la terminal de ómnibus (se queda pensando)... ¡La puta que fue duro! Fue duro porque ningún chico de 15 años debería estar viviendo en una pensión, solo.

- ¿Cómo fue el paso del mozo al mimo?

- Además de trabajar en el bar, actuaba en la peatonal del centro de Mendoza y allí conocí a un grupo de mimos que había llegado desde Ushuaia. Los vi y me pareció fantástico eso de expresar con el cuerpo lo que decimos con palabras. Recuerdo que ellos me dijeron que tenía las condiciones para ser un buen mimo: era flaco, alto y gestual para expresarme. Les pedí entonces que me enseñaran y, después de un mes a su lado, pedí plata a mi tía para comprarme las pinturas, los guantes y la ropa de un mimo. Y me largué. Los primeros años estuve en Mendoza y a partir de 1990 empecé a viajar. Iba adonde el tren me llevara, porque no tenía rumbo fijo ni nada para perder. Recorrí casi todas las provincias del centro del país y, cada vez, dormía en la calle. A veces, cuando llovía o hacía mucho frío, me refugiaba en los hospitales e inventaba que tenía un familiar internado. Una vez, en La Pampa, le mentí a un guardia que mi abuela estaba internada en ese centro sanitario. Me miró fijo y me contestó: 'flaco, esto es una Maternidad' (risas). Fue una época de mucho hambre, pero también de mucho crecimiento.

- Entre las cientos de anécdotas que tenés de esa época, ¿cuál es la que mejor define lo que es vivir en la calle?

- Una noche había terminado de hacer mímica en Frías, Santiago del Estero. Había sido una muy buena función y había juntado mucha plata. En el momento en que me di vuelta para ordenar mis cosas e irme -ya había fichado un bar y un lindo alojamiento-, me robaron no solo lo recaudado sino también mis utensilios para trabajar: el espejo, las pinturas, todo. No lloré ni me desesperé. Simplemente me fui a la estación de trenes y me pasé toda la noche mirando las vías. A la mañana siguiente, un locutor de radio me encontró allí y le conté todo. Me escuchó atentamente y me pidió que lo esperara una hora. Al rato volvió con dinero y un equipo similar al que me habían robado: había hecho una colecta entre los oyentes para ayudarme. Esa es la calle: te endurece y te ablanda en igual medida.

- Y al poco tiempo viniste a Tucumán...

- Sí, en el 92 vine para ya establecerme. Empecé como mimo en la 25 de Mayo y Mendoza y en la calle me descubrió Carlos Bonilla. Me vio actuar y me dijo si no me interesaba participar de un programa que estaba a punto de hacer. Esa fue mi entrada a la televisión, donde trabajé con los mejores: Mario Escobar, Juan Carlos Carrizo, Juan Alberto Badía, el propio Bonilla... La verdad es que la televisión tucumana es muy generosa: en ningún otro lado se te abren las puertas como aquí. El tucumano es solidario, no necesita conocer al otro para darle una oportunidad. Eso no es algo que pase frecuentemente; sin ir más lejos, ni en mi provincia me convocaron tanto como aquí.

- ¿Cuál es tu diagnóstico de la TV local? ¿Qué cambios harías?

- Creo que hay que apostar por más conductores desestructurados. A la nueva generación la veo acartonada; tienen que animarse a ser más sueltos. No siempre sale bien, pero de intentar se trata. También hace falta más programas en vivo y, sobre todo, más móviles en el interior, aunque sé que los productores me van a contestar que eso es muy caro.

- ¿Y qué proyectos televisivos tenés para este año? ¿Seguís en "Día x día"?

- No sé. Ahora me voy de vacaciones y, a la vuelta, tengo que hablar con las autoridades del canal. Lo último que sé es que el programa sigue, pero yo todavía tengo que negociar. Si llegamos a un acuerdo, mejor. También he tenido charlas con la gente de Canal 8, pero no llegamos a nada concreto. Por ahora, lo seguro es que seguiré como conductor de los sorteos de CCC y también en Radio Mix. El resto, no sé. Yo ya tengo un nombre y es momento de que se me respete. Te puede gustar o no lo que hago, esa es otra discusión, pero ya tengo un nombre.

- ¿Cómo te llevas con las críticas y prejuicios?

- No los sé manejar. Sé que no tengo que darle bola a la gente que me critica sin conocerme, pero es más fuerte que yo, debería psicoanalizarme. Lo peor es que son críticas que después se convierten en supuestas verdades; hay gente que confunde el 'no me gusta' con el insulto. Solo creo en la crítica del que sabe; hay que conocer el tema del que se habla. Tampoco me va el anonimato: si vas a criticarme, dame la oportunidad de contestarle a alguien con nombre y apellido.

- Si pudieras hablarle al Catto adolescente, ¿qué le dirías?

- Le diría: "no dejes eso que estás haciendo. Bancátela, porque estás haciendo reír a la gente y cuando uno da felicidad, la felicidad le llega a uno. Y nunca te olvidés de hacer mímica, por si alguna vez necesitás volver a mantenerte de eso".