A pedido de los turistas, las alfareras de la puna argentina suelen usar un sello para grabar su nombre al pie de sus artesanías. Sin embargo, muchas veces aplican el sello de la vecina, si no encuentran el suyo, de modo que María resulta la autora de una obra de Juana. Sí, porque ellas no entienden este asunto de la gloria solitaria; no saben actuar si no es en conjunto. Por eso, dentro de la comunidad una es todas, pero fuera de ella, una es ninguna. Como le sucede al diente que se cae de la boca. De la misma manera debería entenderse nuestra sociedad. Sin embargo, vivimos en una comunidad en la que cada uno piensa sólo en si mismo y no en el conjunto. Una comunidad donde la solidaridad está en vías de extinción y la picardía se disfraza de popularidad. Una comunidad donde el vandalismo es rey (la plaza Belgrano es sólo uno de los ejemplos que duelen) y la desidia su princesa. Una comunidad que, en definitiva, ha perdido el rumbo. Porque nos cuesta reconocer que las trabas para nuestro progreso derivan de nosotros mismos. Ya en 1941 Jorge Luis Borges aseguraba que los argentinos no nos identificamos con el Estado. "Ello puede atribuirse a la circunstancia de que, en este país, los gobiernos suelen ser pésimos o al hecho general de que el Estado es una inconcebible abstracción; lo cierto es que el argentino se siente un individuo, no un ciudadano", escribió. ¿Sería mucho pedir que, para el año que comienza, dejemos un poco de lado nuestro pobre individualismo para comenzar a ser un poco más ciudadanos?