Desde tiempos remotos, el hombre sintió la necesidad de medir el tiempo. Hace más de 3.500 años los chinos ya empleaban el reloj, que a lo largo de los siglos y de diferentes culturas varió de formatos y de mecanismos. El tiempo que fluye eternamente sigue despertando inquietudes existenciales, filosóficas, literarias, místicas. "Es para mí una alegría oír sonar el reloj: veo transcurrida una hora de mi vida y me creo un poco más cerca de Dios", escribió Santa Teresa de Jesús. El francés Gustave Flaubert afirmaba: "Del mismo modo en que solemos mirar un reloj parado como si aún andase, también le miramos la cara a una mujer bella como si aún nos amase" y su par español Ramón Gómez de la Serna decía: "El reloj no existe en las horas felices". Pueblos y ciudades también sintieron la necesidad de sistematizar el paso del tiempo e instalaron relojes públicos.
Tucumán, por cierto, no es una excepción. En la ciudad hay siete aparatos emblemáticos: en la Catedral, el Correo, el edificio del Instituto Ítalo Argentino (en 9 de Julio y 24 de Septiembre), el floral del parque 9 de Julio, el del ex Banco Provincia y los dos que se hallan en la estación del Ferrocarril Mitre. Son pocos los que funcionan. El más antiguo data de 1844 y es el de la Catedral, que estuvo en el Cabildo hasta 1907. "Nunca ha tenido buena atención", dijo el único macrorrelojero de la provincia. "Lamentablemente no siempre hay voluntad para mantenerlos en buen estado. En otros lugares, les dan mucho valor a estos relojes y los cuidan para que funcionen sin problemas", agregó.
Uno de los más visitados es el reloj floral del parque 9 de Julio, que fue inaugurado en 1935. Según constató nuestro diario, funciona, pero con un poco de atraso. Se trata de una máquina mecánica que hasta hace 10 años trabajaba únicamente ocho horas por día y se detenía cuando se le terminaba la cuerda; ahora se la ha automatizado, de manera que no se detiene.
Sólo tres de sus cuatro cuadrantes funcionan en el reloj del Correo; el restante carece de agujas. El que está montado en el edificio de la Ítalo se detuvo hace más de diez años; se lo instaló en los años 50, cuando se construyó el inmueble. Finalmente, en la estación del ferrocarril Mitre hay dos: uno en el frente del edificio y otro de seis cuadrantes ubicado en el andén, pero ninguno funciona.
No son muchos los relojes emblemáticos de la ciudad, razón por la cual el Estado podría hacerse cargo su mantenimiento permanente o buscar compartir los gastos que ello pudiere ocasionar, con el apoyo privado. Seguramente, su costo no haría zozobrar el presupuesto municipal o provincial.
Los relojes públicos forman parte de la historia de una ciudad. Recordemos, por ejemplo, el pintoresco Cucú de Villa Carlos Paz, inaugurado el 25 de mayo de 1958, que se ha convertido ya hace años en un ícono hasta el punto que ha quedado en el imaginario de los argentinos. Si se busca proyectar a San Miguel de Tucumán como una urbe histórica y turística debería preservar y mantener en condiciones sus reliquias culturales arquitectónicas. Es una pena que a un cuadrante del reloj del hermoso edificio del Correo le falten las agujas.
El refranero popular sostiene que "hay quienes estropean relojes para matar el tiempo", aunque hay lugares en que se los abandona y se deja que se mutilen solos. Si permitimos que se destruyan nuestros tesoros urbanos, nos convertiremos en una ciudad sin identidad.