Yo soy Marita Verón. Mi hija es Marita Verón. Mis hijos son Marita Verón. Mis amigas. La mujer que desayuna en el mismo bar que yo, en una mesa junto a esta otra donde estoy escribiendo las líneas que usted lee. Y el hombre que acompaña a esa mujer. Usted también es Marita Verón. Todos somos ella y por lo tanto todos necesitamos, merecemos y tenemos el derecho de que se haga justicia. Y antes que a ninguno de nosotros, les debemos justicia a Marita Verón, a su madre, Susana Trimarco, a su hija, Micaela Catalán, y a quienes aún hoy están atrapados en redes de trata de personas. Yo tomo esta causa como propia, a mí me afectará en forma directa y personal el fallo que se dicte. Si no nos apropiamos de ella, si no hacemos nuestra la causa de Marita, habremos fracasado como sociedad. Porque cuando los jueces dicten su sentencia no sólo le estarán comunicando a los imputados su condena, sino que estarán diciendo a la sociedad que representan y de la que son parte que hay determinadas conductas que no toleraremos más. Delitos abominables como la trata de persona, la esclavitud que erróneamente creíamos abolida hace tiempo. A nuestro derecho de que se haga justicia se suma nuestra responsabilidad, la ineludible exigencia a nuestros jueces de que actúen a derecho, sin presiones, y emitan la sentencia que nos devuelva la fe en esto que somos, un grupo de personas tratando de vivir juntas porque se supone que hacerlo nos beneficia a todos. Y reparar el pacto social que tantas veces se ha roto.