El Adviento nos recuerda que Jesucristo es "el Testigo fiel, el Primero que resucitó de entre los muertos, el Rey de los reyes de la tierra … El Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que vendrá, el Todopoderoso" (Ap. 1,5.8). Aguardamos su retorno en el esplendor de su gloria, para llevar a plenitud la salvación que inició con su nacimiento en la humildad de la carne (cf. Misal Romano, Prefacio de I Domingo de Adviento). Entonces Dios será "todo en todo" (1 Cor.15, 2) llevando así todo lo creado a la divinización.
La espera de ese acorde final de la gran sinfonía de la salvación nos urge a la evangelización, al anuncio gozoso de la fe. El Santo Padre Benedicto XVI, en la Carta Apostólica Porta Fidei, nos ha convocado al Año de la Fe que tuvo inicio el pasado 11 de octubre en coincidencia con los 50 años de la apertura del Concilio Vaticano II y los 20 años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica y que terminará en la Solemnidad de Jesucristo, Rey del universo, el 24 de noviembre de 2013.
La "puerta de la fe" (cf. Hech 14,27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma (cf. Porta Fidei n.1). La fe es un camino que conduce al encuentro con Cristo salvador, el único capaz de sacar al hombre del desierto y conducirlo a la vida en plenitud. Camino para la Iglesia y camino para la humanidad, es decir, para cada hombre llamado, en Jesucristo, a la salvación y a la glorificación de Dios.
Nuestra reflexión sobre la fe debe centrarse tanto en la adhesión a los contenidos recibidos por Revelación, en la Sagrada Escritura y en la Tradición de la Iglesia y que se encuentran resumidos en el Credo que recitamos cada domingo, como en el acto por el que creemos, el cual, siendo plenamente racional, se apoya, sin embargo, en nuestra absoluta confianza en el testimonio divino. Aunque está entre los actos humanos que pertenecen al ámbito del conocimiento y que, en consecuencia, dicen relación a la razón y a la verdad, la particularidad del acto de fe consiste en que el asentimiento racional se da sin que la verdad se nos imponga. Ello hace que la fe sea un acto plenamente libre y, por lo mismo, meritorio, y que se base también en lo afectivo, más concretamente en la voluntad que se abre a Dios por el amor.
Solo "cree" quien quiere creer. La fe se puede anunciar y testimoniar, pero nunca imponer. Su contenido es el Misterio de Dios que siempre excederá nuestra humana capacidad de entender. Se "cree" en un claro-oscuro que solo será diáfano cuando alcancemos la visión de Dios, que es algo que no pertenece a este mundo y a esta historia. Por ello dice acertadamente el poeta: "aunque es de noche la tiniebla veo/ oscuridad que tórnase penumbra/ veo sin ver porque la fe me alumbra/ y en esta noche luminosa creo".
A lo largo de la historia, siguiendo el mandato de Jesús, la Iglesia nunca ha dejado de anunciar la fe y de testimoniarla con la caridad; y es que verdad y caridad, caridad y verdad, siempre van juntas. Más aún, solo en la verdad resplandece la caridad y puede ser vivida auténticamente. Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo. Una cultura sin verdad es presa fácil de las emociones. "En la verdad, la caridad refleja la dimensión personal y al mismo tiempo pública de la fe en el Dios bíblico, que es a la vez Agapé y Lógos: Caridad y Verdad, Amor y Palabra" (Benedicto XVI, Caritas in Veritate n. 3).
Nuestra misión
El anuncio gozoso de la fe, sin embargo, acontece hoy en un Occidente secularizado donde la pertenencia a la Iglesia, al menos nominal, sigue siendo mayoritaria, pero en el que se verifica una ruptura en la transmisión de la fe que hace que la misma haya dejado de ser un presupuesto obvio de la vida común ( cf. "Porta Fidei" n.2). Ello no impide, claro está, que muchas personas, aún no teniendo fe, busquen con sinceridad el sentido último y la verdad definitiva de su existencia (cf. "Porta Fidei" n.10). Pero fuerza es reconocer que la fe está sometida, más que en el pasado, a una serie de interrogantes que provienen de un cambio de mentalidad y de la reducción del ámbito de las certezas racionales al de los logros científicos y tecnológicos (cf. "Porta Fidei" n.12). A ello contribuye también, a su modo, cierto laicismo que concibe la fe como un acto puramente subjetivo e interior.
Pasados ya los sueños de un futuro mejor para la humanidad, característicos de la Ilustración, del marxismo y de la revolución del '68, con su optimismo respecto a la razón estamos, en esta era postmoderna, a merced de la desconfianza ante la razón, en un mundo desencantado y pragmático. El supuesto "retorno de lo sagrado" a nuestra época, que algunos pensadores sostienen, -no podemos engañarnos- no es un retorno a las prácticas religiosas tradicionales sino, por el contrario, en muchas ocasiones, a una religiosidad más emotiva que doctrinal, sin referencia a un Dios personal y mucho menos a la Iglesia.
Esto vale también, lamentablemente, para la Argentina, para el NOA y para Tucumán. La religiosidad popular es un valor innegable. Pero se nos desafía a convertirla en convencida catequización y testimonio de vida que se proyecten a la cultura entendida como estilo de vida personal y común.
El Año de la Fe no puede ser un año más. En la Arquidiócesis de Tucumán hemos decidido entregar, por partes, miles de ejemplares del Compendio del "Catecismo de la Iglesia Católica". Los católicos todos, sacerdotes, religiosos, laicos, debemos ser protagonistas de una misión insoslayable: anunciar la fe de la Iglesia a todos los hombres. Como Obispo convoco yo también, en comunión con el Santo Padre, a vivir este Año de la Fe como un Año de la Evangelización Nueva. Nueva en su ardor, en sus métodos y en su expresión.