Crujir: Dicho de algunos cuerpos, como las telas de seda, las maderas, los dientes, etcétera: hacer cierto ruido cuando rozan unos con otros o se rompen.
(Diccionario de la Real Academia Española). El de diciembre es un alperovichismo que cruje. Los cuerpos que lo componen están comenzando a rozarse unos contra otros. Y están produciendo un ruido sordo, que en la Casa de Gobierno se esfuerzan por disimular. Pero es inocultable. Sobre todo, porque los que están impactando entre sí son verdaderos pesos pesados del oficialismo.
En la cocina del poder, por caso, todo se sazona por estas horas con un condimento casi inverosímil: el enfrentamiento cada vez más perceptible entre el jefe de ministros, Jorge Gassenbauer, y la senadora y primera dama de la provincia, Beatriz Rojkés. La mayoría prefiere no preguntar, pero ese es el ingrediente secreto de todos los platos fuertes que se están sirviendo en el alperovichismo. Es, por supuesto, toda una guerra fría. Una donde, para tomar prestada la definición de Raymond Aron, la batalla cara a cara entre los bandos es imposible. Así como la paz entre las partes, por ahora, es improbable.
Espacios diferentes
Ya son demasiadas las escaramuzas como para que el funcionariado siga dando por toda respuesta (casi como si fuera un salmo) la referencia a la larga amistad entre el matrimonio Gassenbauer y el matrimonio Alperovich. La última lid se libró en el Registro Civil: su ex director, Dante Loza juró el 31 de octubre como legislador, pero su reemplazante, Carolina Bidegorry, debió esperar hasta el 20 de noviembre para ocupar la oficina pública que había quedado vacía. La razón: la puja del ministro coordinador por poner alguien de su "riñón" en esa dependencia. Pero Betty ganó la pulseada. Y el "parte de guerra" escrito para disimular el conflicto sólo lo blanqueó. El Gobierno comunicó que la nueva funcionaria "responde al respaldo" del sector de Rojkés y al de Gassenbauer. O sea, esos "espacios" son, claramente, distintos. La misma batalla, afirman, se libró para cubrir el intervenido Ipacym. La designación de David Mizrahi fue otra victoria de la presidenta del PJ Tucumán.
Para mayores señales (y por el dogma de que en política no hay sorpresas, sino sólo sorprendidos), llegó el anuncio del titular de la Fotia, Roberto Palina, de que el Partido de los Trabajadores impulsará una iniciativa para reformar la Constitución provincial y habilitar más reelecciones al gobernador. El único de los 40 legisladores del bloque Tucumán Crece que repaldó esa pesadilla rojkesista fue Guillermo Gassenbauer, hijo del ministro. "Me parece un muy buen proyecto", le escribió en la red social Twitter al sindicalista. El único de los 40 legisladores que le dijo "no" a esa propuesta es el "rojkesista" Marcelo Caponio. "No existe la decisión política de tratar ni discutir, antes de fin de año, una iniciativa de esa naturaleza", sentenció.
Licuadora de ministerios
Pero ni Jorge Gassenbauer se rinde ni Alperovich sólo le propina reveses. La nueva pelea del jefe de gabinete se libra ahora en un territorio elegido por él. Con la excusa de la coordinación de protocolos, expedientes, formularios y bases de datos, Gassenbauer se reúne periódicamente con los secretarios de Estado de cada uno de los ministerios de la provincia, lo que inquieta a los ministros del alperovichismo e indigna a los del rojkesismo. El mensaje parece claro: él está dispuesto a saber qué pasa en cada cartera, estén dispuestos a decírselo los ministros, o no.
Justamente, la apuesta por materializar el programa de expedientes digitales en nombre de democratizar la información de la administración pública (a la vez que se niega una Ley de Acceso a la Información Pública), lo que hará en realidad será licuar el poder de manejo de datos -y secretos- de cada ministro.
En favor de Gassenbauer juega un asunto político crucial: ni sus aliados ni sus adversarios saben, exactamente, qué quiere.
¿Está jugando una cruzada personal, una carrera política propia o procede por expresas órdenes de Alperovich?
¿"Colorado" el 2013?
Como fuere, esa "guerra fría" alperovichista tiene otro escenario todavía más inquietante: la Municipalidad de San Miguel de Tucumán. El jefe de gabinete provincial es hoy, lejos, el funcionario de la primera línea alperovichista que mejor diálogo tiene con Domingo Amaya, el intendente que supo declarar que el seguirá siendo jefe municipal mientras José Alperovich siga siendo gobernador. "El Colorado", justamente, viene de ser sujeto central de un reciente discurso de la senadora en una reunión de la Red de Mujeres. Hasta la intendencia llegaron los ecos del mensaje de la primera dama, quien habría manifestado que no le tiene miedo a Amaya en las urnas; que le gustaría enfrentarlo para darle su merecido (claro que con otras palabras); y -por puro redundar- que el intendente no figura en la lista de personas a las que ella quiere (claro que con otro verbo).
Con independencia de esa nómina de afectos políticos (en caso de existir, según los propios rojkesistas, tendría las dimensiones de un boleto urbano de pasajeros), Amaya protagoniza otro crujido oficialista. En su entorno crece hoy la expectativa de su eventual candidatura (testimonial hasta el hueso, por supuesto) a diputado nacional en 2013. Claro que en estas tierras, muchos preparativos políticos terminan siendo tan inútiles como un afiche sobre el "7D", pero lo cierto es que los "colorados" razonan que el kirchnerismo no sólo no tiene mejor candidato: ni siquiera tiene uno propio, capaz de garantizar con comodidad la retención de las tres bancas que el kirchnerismo pone en juego el año que viene. Menos aún si llega a fraguar una alianza entre las expresiones locales de la UCR y del Frente Amplio Progresista con la esperanza de arrebatarle una segunda banca al oficialismo.
El hombre del interior
En rigor de verdad, el alperovichismo (con excepción del gobernador y de su esposa) tampoco tiene un candidato con la imagen política del intendente de la capital. Pero el escenario en el cual Amaya hace campaña en cada rincón de la provincia, con plata de la Provincia y de la Nación, a dos años de los comicios provinciales de 2015, no representa la más cómoda de las ideas. Al mandatario, por caso, tal vez le recuerde a 2001: el entonces gobernador Julio Miranda paseó a su ministro de Economía por toda la provincia como candidato a senador nacional. Así le fue a Alperovich. Así le fue a Miranda.
Y aquí sí aparece una diferencia coyuntural, pero clave, entre el oficialismo nacional y el provincial. El Gobierno tucumano sí tiene un candidato distinto que Amaya para encabezar (testimonialmente) la lista de diputados: el ministro del Interior, Osvaldo Jaldo. El único miembro del gabinete que "mide" en las encuestas que encargan y esconden la gobernación y la intendencia. El que peor se lleva con el amayismo, en especial tras su oposición a que titularizaran 300 docentes municipales. El funcionario al cual algunos amayistas ya ven en la fórmula con Beatriz Rojkés.
El bombero político
¿Por qué cruje el oficialismo? Porque diciembre es, a la vez, uno de los meses en los que la tierra más se acerca al sol y en los que el alperovichismo más se ha alejado de la reforma. Hace exactamente un año, el gobernador, tras asumir su tercer mandato constitucional (que según la Constitución, es el segundo), decía que le gustaría disponer de otros cuatro años para completar los cambios que planeó para Tucumán. Después se desdijo. Hoy, por primera vez en nueve años, aseguran que tiene encuestas que mostraron una caída de su imagen que lo inquietó. Sigue fuerte, se apuran en aclarar, pero conceden que se preocupó.
Tanto, que mientras en público sigue jugando de escudero de la Presidenta y atacando a Clarín por la extensión de la cautelar que consiguió, en privado sus operadores no dudan en responsabilizar a la Casa Rosada y sus políticas por la pérdida de popularidad del Gobierno provincial.
En este punto, tan importante como las infidencias son los procederes del mandatario tucumano: volvió de Dubai convertido en una bombero de la política. En todo lo opuesto al incendiario ejercicio kirchnerista del poder. Alperovich apagó el descontento ciudadano por la instalación de una planta transformadora de EDET en Ayacucho al 200; y promulgó la Ley de Diversión Segura para poner cámaras en las entradas de los boliches, y así sofocó los encontronazos legislativos. Hasta usó las brasas del discurso del edil amayista Germán Alfaro para fumar la pipa de la paz con él, con los legisladores de su espacio, y con el propio Amaya, al que abraza otra vez.
La medida mágica
No se trata de que al gobernador le aflija el "qué dirán": lo que le preocupan son las encuestas. Pero no por soberbia sino por política: la posibilidad de seguir amagando con la reforma empieza y se acaba en las encuestas. Mientras "le den los números" de los sondeos, podrá jugar a deshojar la margarita por un cuarto mandato y mantener atado en un puño el deseo político de la dirigencia oficialista. Cuando eso no ocurra, teme un escenario como el del cristinismo.
Es que para el peronismo, normalmente, el poder es la medida de todas las cosas. Y para los peronistas del alperovichismo, el revés de la Presidenta con el "7D" no tiene que ver con el lobby de las corporaciones o el contenido de la ley, sino con el hecho de que el kirchnerismo está perdiendo poder. Y punto. Esa es la lógica del oficialismo: cuando se tiene poder, hasta los errores parecen aciertos. Todos eran amigos de Juan Manzur, todos se lo presentaron a Alperovich y todos lo convencieron de hacerlo vicegobernador. Cuando se empieza a perder poder, hasta los logros salen mal. Todos le sugieren al gobernador que "le suelte la mano" al próspero funcionario nacional. Ninguno olvida que lo impulsó el ministro de Salud "k" Ginés González García. Y "nosotros, que nos queremos tanto" se convierte en un indisimulable crujir.