Más que molesto. Indignado (pero no por las mismas razones que los otros). Ni siquiera los latigazos de reproches en el lomo de sus adláteres lo han calmado. ¿Cómo es posible que le hayan dado la información cambiada a él, fuente de toda razón y justicia? Esta vez no va a equivocarse. Se sorprende cuando en el Ente de Turismo le dicen que el soñado lugar queda en el departamento Cruz Alta.
La 4x4 se detiene torpemente ante el letrero: "Bienvenido. Entre de a pie, en grupo de a uno". Le pide al chofer que lo aguarde. Duda. El lugar le parece algo inhóspito. Decide confiar en sus asesores. Está ansioso por encontrarse con sus predecesores famosos. A medida que avanza el silencio se ensancha. Algunos árboles le salen al camino. Delante de un algarrobo desmesurado como la demagogia, un cartel invita: "Trepa hasta la punta para ver el paisaje". Se encarama. Una mala maniobra lo deja atascado en una enredadera saprófita. Retorcijones. Dolor. Su cuerpo se transforma. Obnubilado, fuma ahora en una pipa casera. Es un chico. Rotoso. Descalzo. El humo del paco le sale por las orejas. Un ave rapaz gira. Se le va encima. Le destroza la camisa, le picotea el cuerpo. Otros ejemplares lo rodean. El de pico más grande le dice: "Somos los de La Costanera". Se desmaya. Se despierta en el cuerpo de una linda joven de 24 años. Tirada en un zanjón. A la vera de la ruta 341, en Tapia, rumbo a Raco. Estrangulada. En una de las pulseras está grabado su nombre: Paulina. Abre los ojos. Los bichos rapaces lo atacan. El de cresta marrón oscuro lo increpa: "Somos los de la impunidad".
Intenta zafar, pero se enreda aún más. Sofocado. Desesperado. Invoca a Belgrano, un casi tucumano, a Bernabé Aráoz, La Madrid, Bernardo de Monteagudo, para que aparezcan y lo liberen.
Se dobla como goma. Es varias personas: chicos, grandes, viejos. Analfabetos. Enfermos. Escuchimizados. Sucios. Andrajosos. Buscan comida en basurales. Mendigan. Rastrean la esperanza en la indignidad. Gritan. Suplican: "Una ayuda, por el amor de Dios". Bolsones con alimentos y votos rebotan en el piso. Las garras lo magullan. Con temor levanta un párpado. El ave de alas negras con puntas blancas, le grita: "¿Nos reconocés? Somos los que distribuimos la riqueza... entre nosotros".
Suplica que aparezcan Alberdi o Avellaneda para que lo defiendan. O tal vez Miguel Campero, Miguel Critto o... (duda si pronunciar su nombre, siempre dijo que iba a opacar su gestión)... Celestino Gel... Se turba. Se transforma en miles de ancianos, con achaques. Desdichados. Quejosos. Condenados a vivir sus últimos días con $1.925 mensuales, sin el 82% móvil que la Justicia le ha ordenado que pague. "Habla de justicia cuando le conviene. Sus seguidores inteligentes tendrán $320 millones de presupuesto sólo para dietas y empleados. Entre estos últimos y ellos suman 864, ¿cuánto gastarían por día? ¿Algunos de sus seguidores viven como nosotros?" Los picotazos le rasgan los bolsillos. El barrabrava de los bichos lo zamarrea: "¿Nos reconocés? Somos los de la demagogia, del poder". La enredadera se corta. Al Rachid cae pesadamente. Corre. Las aves de rapiña planean sobre su cabeza, mientras lo persiguen la marginalidad, la miseria, la impunidad, la injusticia... Se tira en el interior del auto y le dice al chofer: "¡Me las va a pagar el imbécil que me dijo que El Paraíso de los que entraron en la historia, quedaba en Delfín Gallo!"
Scheherezade sirve bienbec en las copas para despedir las mil y ochenta y una noches: "Me hizo acordar a Prometeo, ¿verdad?" "Es cierto, pero en este caso, los caranchos le comen eternamente el hígado a la víctima, que es el pueblo, ¿que no?", dice Shahriyar.