Calurosa noche de verano en el microcentro. Los chicos surcan la 25 a bordo de sus skates rumbo a la plaza Independencia. De pronto, pasando la peatonal Mendoza, un perro callejero salta sobre uno de ellos. Más allá del revolcón y de los raspones, el milagro fue que no lo arrollara la camioneta que venía detrás. Faltaron centímetros.
Otra imagen: una jauría persigue una perra en celo. Es la esquina de Corrientes y Laprida, la única de San Miguel de Tucumán que tiene bares en las cuatro ochavas. Es un mundo de gente y el tráfico no cesa. Los perros se mezclan con los autos, hay una frenada y un volantazo. Por muy poco el Chevrolet Corsa gris no se llevó puesta a la docena de comensales que estaban cenando.
No alcanzaría la edición de LA GACETA de hoy para reproducir todos las producciones especiales, artículos, editoriales y cartas al Director que nuestro diario le dedicó al tema. Pues bien, el problema de los perros abandonados a su suerte persiste, se agrava, no tiene solución. Mejor dicho: los responsables no encuentran la manera de solucionarlo. Hasta caben las preguntas: ¿realmente hacen algo? ¿Les importa?
Los casos citados son un reflejo del peligro que representan los perros sueltos. Ejemplos que los ubican en el papel de disparadores de accidentes, una de las tantas aristas que ofrece esta postal tan tucumana de decenas y decenas de mascotas sin dueño condenadas a vagar por ahí.
La elección de los casos no es chicanera ni aleatoria. Grafica las graves consecuencias que en cualquier momento podemos lamentar. Ya se apeló a la responsabilidad de quienes tienen perros y se deshacen de ellos como si fueran bolsas de residuos. Ya se propusieron salidas. ¿Habrá que esperar una desgracia para que de una vez por todas el municipio se ocupe de un tema básico de nuestro día a día?