Quisiera sentarme frente al primero que tilde a Lisandro Aristimuño de chico sensible -cliché usado hasta la exasperación cada vez que es necesario definir al rionegrino-, convidarle un café y aclararle respetuosa, pero firmemente que está equivocado. Que habla sin saber. O, al menos, que habla sin haberlo visto en vivo. En el escenario del teatro Alberdi, donde tocó el último jueves, Aristimuño ha sido el más rudo de los artistas. Con la potencia colosal de su orquesta, ha agarrado al público de la solapa. Con el brío de sus letras, lo ha zamarreado hasta dejarlo sin aliento (algunos no han podido resistir sin lágrimas el paso a guitarra pelada de "Vos"). Con la contundencia de sus arreglos y la versatilidad de su voz, ha trastornado hasta al más cauto. Y el repaso de sus clásicos, salpicados en todo el show pero concentrados hacia el final, ha sido la estocada última.
Si el hombre venido del Sur es sensible, lo es en igual medida que Luis Alberto Spinetta, Gustavo Cerati o Fito Páez, glorias de la música nacional que lo han inspirado en la realización de "Mundo Anfibio", su último disco y el más rockero de todos. Y, sin embargo, a ninguno de estos se les reprocha la bendición de saber conmover.
Pero Lisandro se hace cargo y no pierde el tiempo. Incluso antes del recital, preparó el ambiente: cuando todavía el telón lo tapaba todo, una especie de borboteo, de sonido ambiente del fondo marítimo, se hacía escuchar desde la platea hasta las galerías, coherente con la gráfica subacuática del álbum nuevo. Náufrago, el público atisbó su amparo cuando los salvajes acordes de "Elefantes" dieron comienzo al recital.
Las canciones anfibias no cedieron lugar, en principio, a las conocidas de siempre: "Por donde vayan tus pies" -que en el CD cuenta con la participación de Hilda Lizarazu- y la celestial "Aunque no estés aquí" fueron de las primeras en ser presentadas, con apenas un descanso en "Tu nombre y el mío". Reconocido antishowman, Aristimuño supo no obstante ser el centro de la escena, pero fueron indudablemente sus músicos -que el mundo se pierda, pero queden esas cuerdas- los que se adjudicaron la mayoría de los sacudones emotivos entre la audiencia.
La excelencia de "Azúcar del estero" fue la prueba de eso y a ella le siguió "Anfibio", que cantó mientras hacía el gesto de escribirla en el aire: "este es el corte del último álbum... o el no corte. Pero es difícil de explicar así que voy a tocarla". Sí prefirió, en cambio, hacer una advertencia antes de entonar "La última prosa". "Vamos a hacer una canción triste, así que si alguien está mal o peleado de otro, le va a venir bien". Y cayó bien, porque el aplauso que le siguió fue uno de los más fuertes de la noche. "¿Y vos adónde estás?" y "Puente" -con magistral batería final- clausuraron la primera parte.
En la segunda se contaron las perlitas. "Anochecer" envolvió al teatro en una euforia y "Mi memoria" enrojeció las palmas de tanto aplauso. "Les agradecemos mucho. Es hermoso saber que están escuchando", cedió el cantor, y no se dejó estar. Mechó un breve cover de "Avenida Alcorta", de Cerati, con "Para vestirte hoy", y sin pausa arremetió con "El búho" y "Green lover", que dedicó a las Abuelas de Plaza de Mayo.
"How long?" fue el cierre de fantasía porque, tras una ovación y un corto pedido de bis, Aristimuño volvió para hacer "Vos" y la aclamada "Es todo lo que tengo". Aplausos y ovación. Si es sensible como dicen, Aristimuño -desde la orilla de las tablas, en el saludo definitivo- debe haber percibido lo que ocurría: a sus pies, el público había aguantado encantado su paliza de emociones.