Las calles de Buenos Aires son prepotentes, agresivas, peleadoras, orgullosas, sucias y agobiantes. Pero pueden presumir de generosas. Directa o indirectamente transportan hacia espacios en los que es posible tomarse un respiro de la brutalidad inmensa del cemento: plazas con más o menos sectores verdes, con o sin juegos infantiles. Eso sí: limpias y prolijas. A muchas de las arterias principales de Tucumán les caben los mismos calificativos (a algunas, en menor medida). Pero, salvo en un par de casos, no pueden enorgullecerse de las plazas a las que conducen. La diferencia entre las porteñas y las locales es simple: las primeras están rodeadas por rejas.
Obviamente, no ocurre en todas, pero aquel que tenga la posibilidad de recorrer zonas de Buenos Aires quizás lo advierta. El césped bien verde y prolijo, los bancos sanos y las veredas limpias se repiten tanto en la plazoleta Udaondo, en el corazón de Recoleta, como en la plaza Echeverría, en Villa Urquiza. Y los portones de ambas están abiertos durante todo el día, incluso domingos y feriados. Solo se restringe el acceso nocturno.
En 2009, la Municipalidad de San Miguel de Tucumán había propuesto enrejar la Urquiza para frenar el vandalismo que en aquel momento le costaba al Estado unos $25.000 por mes. El anuncio funcionó como un termómetro: el rechazo vecinal fue contundente.
La ciudad puede presumir de dos plazas recientemente remodeladas: la Urquiza y la Belgrano, que ya muestran deterioros. ¿Las rejas evitarán más daños? Seguramente. Pero a costa de la libertad de circularlas en cualquier momento. ¿Es la solución adecuada? Quién sabe. En Buenos Aires parece funcionar.