Pude ver la belleza humana indescifrable. Fueron unos segundos. Pero la impresión se grabó a fuego. Es inolvidable. No ocurrió nada mágico ni sobrenatural. Pasó durante un sencillo taller de expresión corporal vinculado con lo profundo y lo sagrado que hay dentro de cada ser humano. Uno de los primeros ejercicios consistía en cerrar los ojos mientras se escuchaba una melodía compuesta expresamente para el taller por un músico francés. Al cabo de unos pocos minutos se escuchó la consigna: abrir los ojos y mirar fijamente a los ojos de los demás participantes mientras caminábamos al azar en la sala donde se realizaba la actividad. Fue entonces cuando sucedió. Observaba rostros conocidos y otros que veía por primera vez, y cada uno en esa fiesta de la diversidad se me aparecía con una belleza profunda, difícil de describir. No se basaba en la perfección de las líneas o en la simetría de las caras y de los cuerpos, sino en la dimensión vital y espiritual de cada uno. Éramos bellos por el solo hecho de ser humanos, seres transformadores del mundo; creadores de formas, sonidos y colores; trascendentes en las intenciones que lanzamos hacia el futuro; capaces de darle sentido a este tránsito, a veces inexplicable, que llamamos vida.