Carlos Duguech - Analista internacional

Cuando el 29 de noviembre de 1947, un día como hoy, hace 65 años, la Asamblea General (AG) de la ONU, en su segundo período ordinario de sesiones proclamaba la resolución 181(II) de "Partición de Palestina" se estaba dando "legitimidad" a la más imprudente decisión de la joven organización internacional. En el huerto de la Humanidad, en su tierra más santa, dejaron caer semillas que fructificarían generando guerras, desencuentros, violencias de toda laya.

Nos remontamos al acuerdo secreto Sykes-Picot (Gran Bretaña-Francia) que en plena "Gran Guerra" (I Guerra Mundial) en enero de 1916 y hallamos el hueso que roerían ávidas con el estandarte del colonialismo las naciones vencedoras contra el imperio otomano: se repartirían el Medio Oriente. Gran Bretaña, por decisión de la Sociedad de las Naciones (SDN) fue adjudicataria del régimen de mandatos, entre otros territorios, de Palestina. Desde 1922 hasta 1948, por 26 años, ejerció el mandato, una canonjía disimulada. Cuando se incrementó la inmigración de judíos de Europa, Gran Bretaña encontró dificultoso ejercer el mandato frente a violencias incontrolables y optó por una salida de emergencia: traspasó la "cuestión Palestina" a la recién creada ONU. Ésta, a pedido del gobierno inglés, convocó a un primer período extraordinario de sesiones de la AG que designó una Comisión Especial de la ONU para Palestina (Unscop) de 11 miembros. Investigó por tres meses visitando Palestina, Líbano, Siria y Transjordania y campamentos europeos de judíos desplazados. El 31 de agosto, a menos de cuatro meses de creada, emite dictamen de mayoría: Palestina dividida en un Estado árabe y un Estado judío y un estatuto especial a Jerusalén bajo autoridad administrativa de la ONU, con vinculación económica. Por minoría se aconsejaba una estructura federal independiente que comprendiera un Estado árabe, un Estadio judío y Jerusalén como capital. Australia, que integraba la Comisión, se abstuvo en la votación de cualquier plan, porque opinaba que las recomendaciones excedían las atribuciones de la Comisión.

El "plan de partición" (de "parición", en rigor, de hermanos siameses) fue votado en la A.G obteniendo 33 a favor, 13 en contra y 10 abstenciones, entre ellas de la Argentina. "La Argentina planteó serios reparos al Plan de Partición. El Dr. Arce, embajador argentino, pronunció un profético discurso en el que afirmó que la Asamblea carecía de atribuciones para imponer una solución, que configuraba una ilegítima medida de fuerza, contraria al espíritu y letra de la Carta. Dijo el Delegado Argentino que en vez de asegurar la paz, de aceptarse el Plan se echaría la simiente de un grave conflicto. Para la Argentina la única solución era garantizar el derecho de autodeterminación del pueblo palestino (de expresión árabe o judía)".

Baste sólo transcribir parte del Capítulo XI sobre Declaración Relativa a Territorios No Autónomos en su artículo 73: "Los Miembros de las Naciones Unidas que tengan o asuman la responsabilidad de administrar territorios cuyos pueblos no hayan alcanzado todavía la plenitud del gobierno propio, reconocen el principio de que los intereses de los habitantes de esos territorios están por encima de todo, aceptan como un encargo sagrado la obligación de promover en todo lo posible, dentro del sistema de paz y de seguridad internacionales establecido por esta Carta, el bienestar de los habitantes de esos territorios".

Ése es el caso de Palestina. Hoy hacen falta cirujanos virtuosos que separen los siameses "paridos" por la ONU asegurando la sobrevida de ambos y rompiendo definitivamente la lógica del permanente conflicto palestino-israelí.