Plutarco aseguraba, en aquellos perdidos años de la antigüedad clásica, que lo que se hace sin esfuerzo y con ligereza, no pude durar mucho ni tener belleza. Hoy este ingenioso juego de palabras, que encierra una verdad inexorable, parece haberse oxidado de la peor manera. No sólo porque la cultura del esfuerzo está ausente casi en todos los órdenes de nuestra agitada vida moderna, sino porque ya casi nadie se encarga de transmitir a las nuevas generaciones aquellos valores que nuestros antepasados supieron forjar a golpes y fuego. No se trata, por supuesto, de afirmar ingenuamente que todo tiempo pasado fue mejor. Para nada. Más bien se trata de reconocer que hemos perdido muchas cosas y que son justamente esas perdiciones las que nos definen como pueblo.
Hoy basta salir a la calle para comprobar cómo el respeto mutuo y los buenos modales han sido cambiados por insultos, malos tratos y comportamientos agresivos, propios de una sociedad que parece vagar a ciegas en medio de una niebla espesa. Y la escuela o el gobierno no ayudan demasiado a iluminar el horizonte. Porque, en vez de educar para el trabajo se premia la pereza, se justifica todo tipo de excesos en nombre de las libertades individuales y hasta se les dice a los que menos tienen que es mejor humillarse y estirar las manos hacia un Estado generoso en subsidios que apostar por una capacitación concreta que los aleje de una malsana esclavitud. En este colmo de la subversión, hay personas que crecieron sin ver trabajar a sus padres. Y, por reflejo, asumen que la vida puede ser vivida sin el más mínimo esfuerzo, sólo a través de la dádiva y los subsidios.
El sociólogo español Mariano Fernández Enguita, catedrático de la Universidad de Salamanca, sostiene por el contrario que una sociedad no puede vivir del aire, sino justamente del trabajo y la educación. Y advierte que la cultura del esfuerzo y de las buenas costumbres debería transmitirse en forma espontánea, sobre todo, a través de la familia. Esta postura fue llevada al extremo por el filósofo español Fernando Savater, quien en su libro "Ética para Amador" (Amador es su hijo), sostiene que para educar es necesario que exista cierta autoridad. Dice, por ejemplo, que el hombre es como una hiedra que para crecer necesita apoyarse en algo que le ofrece resistencia: una vara, un tutor o un tronco. "
Así tiene que ser el padre o el maestro: la persona que ofrece resistencia. Y seguramente uno tiene que ser, de vez en cuando, antipático. El ser siempre simpático es muy agradable; pero la labor del padre no es precisamente ésta
", señala.
De esto se desprende que la ética y la moral deben ser parte ineludible de la educación. De hecho, el propio Aristóteles, en su "Ética a Nicómaco", concibe la moral y las buenas costumbres como algo de lo cual hay que hablar con los jóvenes, por lo menos hasta que tengan la edad suficiente para entrar en el mundo de la ciudadanía. Y aún más: también hay que predicar con el ejemplo. Eso de que los hijos son un poco el reflejo de sus padres es una verdad incontrastable. Una verdad que muchos hombres ilustres del país y de la provincia supieron pregonar sin temor a la vergüenza. Nicolás Avellaneda, de cuya muerte se cumplirán el domingo 127 años, fue uno de esos hombres que supo transmitir aquellos valores que garantizan la trascendencia. Una trascendencia que no se mide pasando por la televisión, desfilando en las pasarelas o acumulando amigos ficticios en Facebook. Se mide por las bondades de nuestros hijos. Y si las generaciones que vienen consiguen ser mejores de lo que somos nosotros, entonces toda nuestra existencia habrá tenido sentido. Al fin de cuentas ese es, según los griegos, el secreto de toda existencia.