Simples, incautos, ingenuos, cándidos, sencillos, sin malicia, poco advertidos. Estos conceptos identifican a los "giles", según algunas de las definiciones del diccionario. También parecen ser las características de la mayoría de los ciudadanos argentinos, aquellos que sufragan y que eligen a sus autoridades. ¿Por qué? Porque, precisamente, así son observados por una buena parte de la dirigencia política nacional, provincial o municipal. ¿Cuántas veces se escuchó, de boca de algún político, la frase "es para la gilada"? Y más en los últimos tiempos, donde los que están "arriba" aspiran a convencer a los de "abajo" sobre las buenas intenciones de sus conductas. La pregunta a hacerse, en este caso, sería ¿quiénes son los giles? O bien, ¿cómo los identificamos? Respuestas con preguntas: ¿son parte de la clase media? ¿De esa misma clase media que se duplicó en la última década? ¿Son los pobres que seguirán votando a Cristina, según afirma Mirtha Legrand? Lo tremendo en todo esto es que se considera irrespetuosamente de "giles" a los que observan el accionar de sus representantes, sean de la clase que sean, pudientes o no. Porque, en última instancia, de lo que se trata es de engañar, de hacer creer. La gente, esa que lee los diarios, que ve la televisión y que escucha la radio para estar informada y que quiere saber qué están haciendo por ellos -de qué manera piensan en beneficiarlos con proyectos- deberían ser más cautos, astutos, pícaros, maliciosos y advertidos. ¿Difícil? Los políticos, seguro, no cambiarán.