Por J. M. Taverna Irigoyen - Para LA GACETA - Santa Fe
A Jorge Luis Rougés, In memóriam
Artista de obra densa, calificable como total dada la amplia gama de disciplinas y géneros que abarca, Linares comunica desde los órdenes expresivos precisos con una contundencia clara y a la vez reflexiva. Sin embargo, hay razones para que, aún con todo el potencial que exhibe, su obra haya alcanzado una inequívoca trascendencia.
1.- La formación ocupa un lugar decisivo, dentro de toda la estructura plasticista de su quehacer. Después de su paso por la Escuela Superior de Bellas Artes Ernesto de la Córcova, bajo la dirección del maestro Adolfo de Ferrari, Linares abreva en los grandes, por encima de lenguajes. Le importa la óptica constructiva de Spilimbergo y la fluidez de su línea, tanto como la potencialidad de Goya y de Velázquez. Pero no desestima su admiración por la libertad generadora e invencionista de Picasso. Y el misterio siempre a develar de Ernst, Mondrian, Klee: de cada uno extrae los órdenes rectores que hacen que una forma viva y se incorpore realísticamente a una composición, desde el trasfondo. Porque le atraen tanto la abstracción como los mundos mágicos de lo sugerido; el tiempo y el espacio inabarcable.
2.- Geográficamente es, desde joven, un ciudadano del mundo. Pero, por antonomasia, hombre que ama América, a su gente sufrida y postergada, a sus líderes y a los diversos órdenes que hacen a la paz y a la convivencia. Tiembla ante el Altiplano y carga energía ante la mineral presencia de la montaña. Sabe abrir diálogos. Sabe escuchar. Y tanto lo hace con sus compañeros del Grupo del Sur, que funda e integra hacia 1957 con Carreño, Cañás, Loza y Morón, como con anónimos protagonistas de lo cotidiano, ante quienes asimila y confronta realidades. En 1971 reside un año en Europa, donde había estado una década antes, becado por el Fondo nacional de las Artes. Al regresar, ofrece al público de su Tucumán de adopción una gran retrospectiva. En 1980, se radica en Europa, donde la Madre Patria lo recibe entre ilusiones y dudas. Mi residencia allí me hizo más consciente de mi aporte al proceso y desarrollo del arte latinoamericano, y son los mismos europeos -críticos, artistas, galeristas- quienes han distinguido a mi obra con tal designación.
3.- La disciplina es su principal fortaleza. El trabajo constituye para él una forma apasionada de la existencia. No crear por crear: expresar confesionalmente los estados; pronunciar las denuncias; dar cuerpo efectivo a los testimonios. El arte en la genuinidad de lo propio, de lo auténtico, de lo que trasciende a través de lo aparentemente matérico. "Mi dibujo nace de mi dibujo y mi pintura nace de mi pintura", manifiesta. Y en una entrevista realizada por Jorge Luis Rougés en 1972, reconoce, por sobre su metodología de trabajo, que no pinto los personajes con un afán reivindicatorio y menos aún de moralizar; más bien diría que los pinto con solidaridad, ayudándolos a morir definitivamente, a convertirse en leyenda.
4.- Sus series constituyen, dentro de la formidable dimensión e toda una obra, una manera de profundización de la imagen. La singularísima Virreinato del Río de La Plata (1962-1967, con más de 80 pinturas y 60 dibujos); El circo, Los de turno y Oh, América Latina (entre 1967 y 1971, con un centenar y medio de planteos); La larga noche de los generales, Las casas de la Turca, El Jardín de la República, Las grandes familias, Tabarís 1926, Fin de semana en las Termas y El Neo Virreinato, darán continuidad a un mundo funambulesco de mito y leyenda, confrontado por una fustigante realidad. Sobre esas series Linares recapacita y reformula contenidos. No hace crónica. Jamás la rigidez de un discurso o la elocuencia porque sí de una metáfora plástica determinada. Fundamentalmente, el valor de una entrega y de un compromiso, desde ese Macondo mágico y sensual que lo ha hechizado para siempre.
5.- Es esencialmente y por propia determinación un artista figurativo. Artista que se deja impulsar por una idea-madre y, en el desarrollo, descubre y ayuda a descubrir el sortilegio inacabable de las metáforas que pueden surgir de esa idea. El proceso (que es casi una efervescencia, un verdadero crecimiento aluvional de imágenes y de ritmos) exige, de ahí, ciertos encuadres valorativos para una mejor ubicación y un más claro análisis de sus eslabones fundamentales. Así, para Linares, desde la figura humana todo; desde la ausencia del hombre, nada. Entiende su pintura como una manifestación permanente de órdenes sensibles en que juegan y se articulan procesos de memoria, estados intermedios de la fantasía, invenciones y aún componentes oníricos. Por ello su obra, como huella digital, observa siempre y por encima del aporte iconográfico, un aura de envolvente dramatismo.
6.- Se juzga a sí mismo, antes que censor, protagonista de su tiempo. El mundo lo conmueve, el mundo de ese mundo lo transporta. Y sabe muy bien la herramienta de que dispone para ejercer su propio juicio, su grito tanto como su canto: desde el muro, la superficie del plano cromático, la materia en el espacio, la aventura lineal. Una aventura en la que están los muertos que se confiesan; pero también, y en qué medida, los nuevos prototipos de una historia que recién comienza.
7.- No es fortuito que mire hacia atrás la historia del arte, con la sabiduría de que allí está todo lo que debe estar. Y torna a descubrir a los grandes y a aprender de los aciertos y las vacilaciones de esos grandes. Recupera de ellos tanto el sentido del humor como las propiedades de lo trágico. Porque si bien Linares sabe que cualquier creación, sea de donde sea, tiene un mensaje universal y válido en cualquier sitio, es muy diferente la forma de vincularse a ella en los distintos centros culturales. El es americano -lo tiene asumido desde la médula- y debe crear con sentido y pasión americana.
8.- Es artista que permite que el tiempo entreteja sus leyes. No lo coarta. Así, su pintura, la fortaleza de su dibujo, el juego de sus impresiones gráficas, alcanzan siempre una temperatura inconfundiblemente jalonada por los reconocimientos. Porque toda su obra acuña genealogías que vienen desde muy atrás. El primer premio del Primer Salón de Arte Moderno, en 1959. El Primer Premio del LV Salón Nacional de Artes Plásticas, en 1966. El Gran Premio del Departamento de Artes de la UNT en 1970 y al año siguiente la misma distinción del Salón Nacional de Tucumán. El Gran Premio del LXII Salón Nacional, en 1973. La Bienal de Venecia en 1982. Las muestras en Roma y Milán.
9.- Su producción registra, ineluctablemente, la univocidad de un maestro. Por encima de la naturaleza de periodos, corrientes, disparadores temáticos. Son las voces en el coro que dan a su producción el acorde y la polifonía. Una coherencia total que conmueve, tanto como incita a analizar. Sus más de 100 muestras antológicas y retrospectivas, su siembra en el medio académico del noroeste, su convicción respecto al rol social que cabe a todo artista que se exprese en profundidad, muestran el camino de un hombre hondamente comprometido. Figura paradigmática y quizá aún no debidamente reconocida en su altura, dentro del marco artístico latinoamericano.
10.- Pero por sobre todo, existe en Linares la muy infrecuente capacidad de dar universalidad a lo que supone energía local, voces de autoctonismos, componentes directa o indirectamente vernáculos. La patria le flamea, como España a Picasso. Y ello no es poco argumento para alcanzar trascendencia.
© LA GACETA J.M. Taverna Irigoyen - Crítico e historiador de arte. Miembro y ex presidente de la Academia Nacional de Bellas Artes