La propuesta: ¡vamos a El Mollar el próximo fin de semana! Las respuestas: no puedo, tengo que tomar examen; no puedo, tengo que viajar; no puedo, tengo un casamiento; no puedo, tengo que trabajar; no puedo, estoy de guardia... y siguen las negativas. Es que la vida nos fue "alejando". Ya no somos las adolescentes del secundario sin más obligaciones que estudiar (y aprobar, por supuesto) y ayudar en una que otra cosa en la casa. No había maridos, ni hijos, ni jefes ni tantos compromisos familiares o profesionales. Cualquier propuesta de juntada era aceptada de inmediato con todo entusiasmo, indiferentes al resto del mundo, muy propio todo de aquella época de la vida. Hoy tal vez solamente dos o tres puedan acudir a la cita en El Mollar. Eso sí, la pasarán superbien. Porque lo que ni los caminos de la vida que nos fueron separando ni los años ni las responsabilidades que fuimos incorporando lograron debilitar, ni tan siquiera un poquito, es el enorme afecto que nació, creció y se consolidó en las aulas, plazas, parques, casas, calles, y en tantos paisajes que cruzaron nuestra adolescencia. Y para el próximo encuentro, tal vez en San Javier o en San Pedro de Colalao, habrá cinco o seis. Quizás almorcemos unas ocho antes de que concluya el año. A lo mejor nunca volveremos a estar las 14 juntas, como antes, cuando casi llegaba a su fin la década del 70. Pero si nos juntamos 10 ya vale más de un brindis. Sabemos, no obstante, que cada una vive en el corazón de todas las demás, y allí se sigue nutriendo y creciendo este afecto interminable.