Tenía 39 años, pero a Marcela Chiaro se la llevaron en un ataúd para bebés. Es que nunca encontraron la totalidad de sus restos, que fueron despedazados en un cañaveral de la Villa de Leales. Con su sepulcro, hoy su familia le pondrá fin a una parte del martirio que comenzó el 13 de febrero, cuando la mujer desapareció de manera misteriosa. El final de la pesadilla, sin embargo, será cuando la causa llegue a la etapa de juicio oral y la justicia encuentre a los culpables.
"Ahora por lo menos mis padres tienen un lugar adonde llevarle flores", expresó ayer con tristeza Rosana Chiaro. La mujer había llegado desde Santa Fe para buscar los restos de Marcela, junto a su hermana Jaquelina y a su pareja. Los tres partieron anoche rumbo a su provincia con el pequeño cajón de madera en la parte trasera del vehículo.
Antes, acercaron el féretro a Villa Amalia para que los vecinos de Marcela pudieran darle el último adiós. Al atardecer, salieron en procesión desde la plaza del barrio y caminaron hasta donde funcionaba la veterinaria, en la misma propiedad donde vivía la mujer con su hija de dos años y su concubino, Luis Corral, el principal sospechoso de haberla asesinado.
En las puertas del inmueble, los vecinos la lloraron, le rezaron y apagaron la oscuridad de la casa deshabitada con un montón de velas. Después continuaron hasta una parroquia de la zona, cuyo sacerdote bendijo los restos que en las próximas horas serán depositados en el nicho que tiene su familia en la localidad de Esperanza, Santa Fe.