Algo cambió y no fue únicamente el destino de los fondos de garantía de seguros de la Caja Popular de Ahorros. Porque mucho más agua debe haber pasado por debajo del puente que unía a bancarios y alperovichistas para que los cimientos -siempre débiles- de esa precaria relación se hayan desmoronado con la misma rapidez con la que se inundan calles céntricas y barrios periféricos cuando llueve con fuerza. "Ahora resulta que Cisneros es buenito", grita un viejo caudillo con partido político propio respecto de las denuncias del dirigente nacional de la Asociación Bancaria contra Alperovich y alperovichistas diversos. Analizando los hechos, más bien lo que no se explica es por qué ahora, en estos días, el sindicalista nacional decidió ser "buenito". El propio Cisneros dijo que Gassenbauer le había pedido que el gremio acompañara la decisión del Gobierno de hacerse de los fondos de la Caja Popular antes de avanzar con ese proyecto. Realizando un simple razonamiento es fácil concluir que esta práctica debe haber sido común y que La Bancaria debió haber venido -tácita o explícitamente- como mínimo no trabando otras acciones del alperovichismo que inmiscuyeron a la Caja, como por ejemplo la privatización de parte del juego. ¿Por qué no entablaron pelea antes contra el alperovichismo? También ahora, La Bancaria recuerda los desmanes que involucraron a la Caja y al Banco Noar. Los propios sindicalistas distribuyen copias del expediente en el que consta que el préstamo de la entidad pública a la privada existió y que la deuda seguiría vigente. ¿No había que pelear mucho antes por recuperar esos recursos?

Alperovich tampoco es "buenito". El manotazo sobre los fondos de la Caja es absolutamente criticable. Fue una decisión cuestionable. Tan malo es el trato del Gobierno hacia la "entidad crediticia de los tucumanos" que para el mandatario también hay preguntas sin respuestas: ¿por qué no constituyó a la Caja como agente financiero oficial? ¿Por qué no explotó mejor el juego de la entidad? ¿Por qué no la capitalizó sacando de incobrables a varias decenas de personajes tucumanos que se llevaron varios millones del patrimonio de la Caja Popular?

Siguiendo con el razonamiento (y circunscribiendo los calificativos a esta metáfora sobre el manejo de la Caja), parece cuanto menos ingenuo o superficial tildar de "buenos" tanto a los muchachos de La Bancaria como a los "compañeros" alperovichistas. Más sencillo -y profundo- sería pedir explicaciones a ambos sectores por décadas de desmanejos y de silencios llenos de complicidades sobre cuestiones que salen a la luz y de las que se habla sólo cuando a alguno de los involucrados les conviene -o no, según el caso- que los trapitos se sequen al sol.

¿Si en esta guerra no hay "buenos" ni "malos", por quién hay que apostar? ¿Por cuál sector vale la pena jugar las fichas, sacar el pecho o llenar la plaza? Por ninguno. Está claro que los "buenos" son los de "afuera". En este caso, los tucumanos que no están inmersos en esa batalla, pero que sí sufren sus consecuencias. Por de pronto, hay un Gobierno provincial preocupado por este enemigo bien plantado, que promete ser tan molesto como caminar con ropa mojada. Y como está inmiscuido en atender ese frente de batalla -y otros internos-, no les presta tanta atención a cuestiones como la crisis económica, la lluvia que promete hacer desmanes en verano y la inseguridad en la vía pública.

Así son las guerras: participan unos miles y las sufren millones. En Tucumán, de esta son parte apenas unos cuantos, pero la pagarán cientos de miles de tucumanos.