El ex presidente de Brasil, Luis Inacio "Lula" Da Silva, estuvo brevemente en la Argentina en esta semana, pero como ya había evidenciado en otros viajes, su mensaje y su presencia se transformaron en enseñanzas políticas y ejemplos de sociabilidad que bien merecen la pena recalcarse. El obrero que ocupó la presidencia de su país entre 2003 y 2011 se ganó la consideración de la historia por haber impulsado profundos cambios sociales y económicos que catapultaron a Brasil a ser una de las ocho principales potencias del mundo.

Los pergaminos de Lula trascendieron las fronteras de Brasil, a tal punto que se transformó en un líder político de referencia internacional, en gran medida por los éxitos de su gestión y por las estrategias de consenso que impulsó. Las revistas Time y Newsweek lo consideraron en 2010 y 2008 como una de las personalidades más influyentes del planeta, una distinción que también interpretaron los diarios El País de Madrid, Le Monde y The Financial Times. El hombre que fue tornero (no logró terminar la educación formal), sindicalista combatiente (estuvo preso tres años por encabezar huelgas contra la dictadura brasileña) y luchador político inquebrantable (armó el Partido de los Trabajadores y juró su cargo envuelto en el llanto, tras pronunciar un memorable discurso) adquirió enseguida dotes de estadista para llevar a Brasil a una senda de crecimiento, igualdad, justicia y desarrollo, en base a programas de inclusión social y planes económicos con metas de inflación, aprovechando cono ninguno los excepcionales precios de los commodities agrarios. Lula no buscó reformar la Constitución de Brasil para intentar una reelección, pese a los enormes niveles de popularidad que mantuvo en los últimos años de su gobierno y dejó su lugar a Dilma Rousseff, una de las dirigentes de su partido y amiga suya. Hombre de izquierda, crítico tenaz de las políticas de los organismos multilaterales (el FMI), no dudó en acercarse al empresariado brasileño para señar alianzas y proyectos. "Tuve que pasar de dirigirme a mis compañeros del partido a incorporar al conjunto de la sociedad y ese cambio incluyó como compañero de fórmula a un empresario, José Alencar", dijo en Mar del Plata, a donde viajó para disertar en el Coloquio de IDEA. En ese encuentro de hombres de negocios, Lula defendió los pilares de las políticas que impulsó: "la estabilidad en los precios, la estabilidad jurídica, el rigor fiscal y la firme decisión de políticas activas de inclusión social". Y tuvo también duros cuestionamientos con la inflación, a la que calificó como "el impuesto a los pobres". El ex presidente brasileño se había reunido antes con la jefa de Estado, Cristina Fernández de Kirchner, con el vicepresidente Amado Boudou, con miembros de la agrupación Unidos y Organizados, y en el marco de la reunión empresaria, dialogó con dirigentes del Frente Amplio Progresista, que conduce el ex gobernador de Santa Fe, Hermes Binner, y con el mandatario cordobés José Manuel de la Sota, entre otros. En realidad, Lula acaparó la atención de todos los asistentes al foro de IDEA y la mayoría quería una foto con él o estrecharle la mano. Esas muestras de reconocimiento y simpatía que cosechó Lula a su paso por la Argentina dejan una fuerte enseñanza sobre las ventajas de la construcción de una política sobre la base del diálogo, la búsqueda de consenso y la correcta negociación entre los sectores sindicales, empresarios y políticos, aún con ideas e intereses distintos pero unidos con el objetivo común de la grandeza del conjunto. La experiencia del ex estadista brasileño muestra un camino posible, más allá de las diferencias que a veces parecen irreconciliables entre los distintos grupos sociales que conforman un país.