Hastío, hartazgo, cansancio. Son sensaciones que se incrementan entre sectores cada vez más amplios de la ciudadanía respecto de los enfrentamientos estériles de la clase política. El debate de ideas está prácticamente ausente, salvo contadas excepciones, como fueron las históricas sesiones del Congreso nacional cuando se trataron temas como el matrimonio igualitario, la 125 o la expropiación de YPF. No hay mucho más. El resto son descalificaciones, agravios, rotulaciones falsas y consignas de barrabravas. El debate político se ha reducido a un burdo pasacalle: golpista, destituyente, gorila, bolsonero, lamebotas, KK, vamos por todo, 678, Clarín, cipayo, oligarca, 7D, 8N...

Desde la presidenta Cristina Fernández, que evidencia una obsesión casi compulsiva con los medios de comunicación, y en cada monólogo televisivo refuerza la idea de ellos o nosotros, amigos o enemigos. Ella misma ha sepultado el debate con la prensa y ni siquiera responde preguntas -y vaya si hay muchas para hacerle- de los propios periodistas del gobierno, -no del Estado-, que cada día son más. La bajada de línea presidencial se obedece militarmente y cualquier objeción, crítica, reparo o comentario que no se encuadre en la sumisión recibe como respuesta un pasacalle verbal.

El problema es que gran parte de la oposición cada vez más invisible hace lo mismo. Si por un lado no está todo bien como pretende evangelizar el kirchnerismo, tampoco está todo mal como insiste obstinadamente la oposición. Basta hablar con la gente común en la calle para saber que es difícil encontrar a alguien que le crea a Cristina cuando dice que no hay inflación y que la inseguridad está bajando, pero tampoco le creen a Elisa Carrió cuando pronostica el fin de la república. Personas que han votado al gobernador José Alperovich y que aseguran que volverían a hacerlo, se ríen cuando lo escuchan decir que en Tucumán la desocupación es del 3%. Lo grave es que el mandatario sabe esto pero no le importa. No hemos aprendido aún como sociedad que los votos no habilitan la mentira y que tampoco perder una elección te obliga a guardar silencio por cuatro años.

Es lamentable que en Tucumán la desorientada oposición haya recurrido a la Justicia para intentar frenar un debate legislativo, al que finalmente decidió no asistir. Es como si un juez recurriera a otro poder del Estado para evitar que se realice un juicio. Un dislate. Igual con la determinación de no concurrir a la sesión donde se iba a discutir el voto juvenil. Un parlamentario que no parla es un contrasentido. También causa tristeza escuchar a los legisladores oficialistas, que en la última sesión se rasgaron las vestiduras predicando con oratoria teatral sobre la importancia del debate político, cuando sabemos que son una mayoría automática a las órdenes de José. Y no hay debate porque hoy es más importante el interlocutor que la idea. No importa si está bien o está mal, lo que vale es quién lo dice. "Se ha desviado el eje del debate", sostuvo el constitucionalista Rodolfo Burgos, en referencia al asalto del IPLA a la Facultad de Psicología de la UNT. "Se discutía si era jurisdicción federal o provincial, si el IPLA tiene facultades o no en un predio nacional, cuando lo importante aquí es que ningún organismo del Estado, nacional, provincial o municipal puede ingresar a una propiedad privada sin una orden judicial, ni siquiera a un domicilio particular", explicó Burgos. Y lo que ocurrió en Psicología es lo que está pasando en la provincia y en el país. Para una mitad todo es blanco, es 7D, y para la otra mitad todo es negro, es 8N. Son generalizaciones falaces, pasacalles de una realidad que es mucho más amplia, más rica, llena de matices y variantes que hoy la política no tiene.