Con una inflación del 25% anual ninguna economía en el mundo es sustentable en el mediano y largo plazo y, como no se está haciendo nada para bajarla, la política económica se reduce al día a día. 
Tal es así que se está a la espera de los resultados de una cosecha récord de soja, si llueve y los precios se mantienen; de una mejora de Brasil y de la inyección de liquidez en Estados Unidos.
No se habla de inversiones a largo plazo como tampoco de controlar la inflación ni mucho menos de devaluación. 
La ansiedad para 2013, entonces, se centra en que la cosecha récord financie un aumento en el  consumo e inversión de corto plazo justo antes de las elecciones. 
No se vislumbra ninguna medida dirigida a la competitividad que cada día profundiza los problemas de aquellos sectores exportadores que en los últimos años ganaron participación en mercados externos, en un contexto de costos crecientes en dólares, en particular los salariales, que entre los años 2010 y 2011 aumentaron un 50% en moneda norteamericana.  
En este escenario las que más sufren son las economías regionales y por supuesto las provincias que se ven en la obligación de elevar impuestos, como ha sucedido recientemente con Santa Fe y Tucumán. La inflación, la disminución de transferencias y la falta de financiamiento de obras públicas están haciendo estragos en los distritos provinciales. 
Para tener una idea, la recaudación tributaria nacional entre septiembre de 2011 y el mismo mes del 2012 sólo creció en el orden del 20%, o sea menos que la inflación. El gasto público nacional viene creciendo arriba del 35%, financiado con emisión monetaria de alrededor del 38%. Sin embargo, la economía está estancada salvo algunos sectores que crecen más que otros, en especial, los no transables.   
En un año electoral como será el 2013, es poco probable que se intente corregir el atraso cambiario y la inflación, porque un dólar bajo actúa como ancla inflacionaria y porque una devaluación resentiría el mercado interno generador de votos. 
Sin embargo Brasil, Chile y México han aprendido de la historia y en el último año han devaluado sus monedas un 30, 7 y 17 por ciento respectivamente. Pareciera que nosotros no podemos hacerlo. Sin embargo la historia económica nos enseña que no se puede sostener una inflación alta con tipo de cambio bajo. En algún momento hay que devaluar y no siempre ha sucedido de manera ordenada.