"El libro del que todos hablan" relaja. Así de simple. Desde que salió a la venta han circulado cientos de artículos que defienden este nuevo boom al que llaman "porno para mamás". Describen a la autora, E. L. James, como una visionaria que encontró la veta que el mercado estaba necesitando: sexo del más duro y sin censuras. "Cincuenta sombras de Grey" (y los otros dos tomos de la trilogía) proponen un viaje hacia la perturbadora relación entre una adolescente y un empresario poderoso, devoto del sadomasoquismo. Las primeras páginas ponen en contexto lo que vendrá después: una seguidilla de encuentros superdescriptivos, que dejan poco librado a la imaginación. Justamente, la magia del libro es que el relato abra múltiples posibilidades para la interpretación. Que sea el lector el que recree los encuentros amorosos con mayor sensualidad, erotismo o cariño. Para lo explícito está la televisión.
"El libro del que todos hablan", como anuncia en su tapa, no tiene magia. No esconde nada. Parece una versión en prosa del Kamasutra, pero construido con un lenguaje torpe. Por supuesto que esto va en contra de lo que las ventas definen: se convirtió en el best-seller del momento y lleva vendidas más de 32 millones de copias en EEUU. Además, desató la fiebre del comercio paralelo: kits en los sex shops, una película y hasta un álbum con la música oficial, con composiciones de Bach y Chopin. James ha desterrado del trono a su compatriota J.K. Rowling, autora de la saga Harry Potter. Y la industria cinematográfica quiere darse el lujo de usar a la mismísima Hermione, Emma Watson, para que encarne el papel de Anastacia Steele, la amante de Christian Grey. "El libro del que todos hablan" no tiene mucho para decir.