Se la suele definir como la adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros. Sin embargo, su sentido va más allá porque la solidaridad implica también un compromiso social que lleva a realizar acciones desinteresadas por otros y en muchos casos, los destinatarios ni se enteran de quién o quiénes la impulsan. La nobleza, el deseo de alcanzar la igualdad y la justicia y el amor al prójimo son sus motores esenciales.

En nuestra edición de ayer, dedicamos un amplio espacio a personas que hallaron su lugar bajo el sol realizando tareas solidarias. Una mujer contó que sintió desde chica el deseo de ayudar a los demás. Se inscribió en la juventud en Ciencias Económicas, pero dejó la carrera al poco tiempo. Una amiga le sugirió que estudiara enfermería y encontró allí su vocación. Luego se especializó en maltrato infantil, salud pública y talleres de clown. Se desempeña actualmente enfermera de cuidados intensivos en el Centro de Salud, y creó la ONG Payamédicos que trabaja con enfermos terminales. "Desde que descubrí esa misión encontré también la felicidad. Cuando hago esto que me gusta, me siento en total armonía y paz con el universo. Aunque no garantizo que las misiones sean algo fácil. Por el contrario, muchas veces puede no resultar como uno lo esperaba. A mí, por ejemplo, me duele que se mueran mis pacientes. Pero no te puedo decir lo bien que uno se siente cuando sabe que está en el momento justo y en el lugar indicado", le contó a nuestra cronista.

Son miles las personas que llevan adelante acciones solidarias en forma individual o colectiva, por ejemplo, en las villas miseria, ayudando a los indigentes a organizarse en cooperativas, asistiendo enfermos, a ancianos, a víctimas de la droga, a minusválidos, a dar sangre y promocionar la donación de órganos o de médula ósea. Hace pocos días, nos referimos a tres monjas, dos de ellas italianas, que pertenecen a la congregación de Hermanas Mínimas de Nuestra Señora del Sufragio y que trabajan en La Costanera, uno de los sectores más marginados de la sociedad. Cumplen tareas tales como llevar a los niños al médico, visitar enfermos, tramitar DNI, llevar al CAPS a los ancianos, intervenir en problemas de violencia familiar, acompañar a chicos y madres al psicólogo, además de dar apoyo espiritual.

La solidaridad no es innata, se aprende. Desde hace unos años está en marcha el programa nacional de Educación Solidaria que tiene por objetivo promover la educación en la solidaridad y la participación comunitaria y ciudadana a través de la propuesta pedagógica del aprendizaje-servicio, en todas las escuelas e instituciones de educación superior, sea de gestión estatal o privada.

Sería positivo si este programa se profundizara y los alumnos fueran con los docentes a hospitales y entrevistaran a accidentados viales o a los que han quedado minusválidos, que conversaran con personas que han podido salir de la droga o recorrieran los barrios marginales para que vieran las penosas condiciones en que viven esos comprovincianos. Sería un modo de que tomaran conciencia de otras realidades y posiblemente se les despertara la solidaridad.

¿Qué sería de la sociedad sin los solidarios en este mundo cada vez más individualista y materialista? "No hay que trabajar para los pobres, sino con ellos", solía afirmar el arzobispo brasileño Dom Helder Camara. A mayor solidaridad, mayor humanidad.