"Ahora el invierno de nuestro descontento se vuelve verano con este sol de York".
Ricardo III, de William ShakespeareEl jueves, la exigencia de calidad institucional sacó patente de nacional y popular. Centenares de miles de argentinos marcharon con cacerolas y banderas, pidiendo vivir en un país donde los gobernantes no comuniquen por cadena nacional que hay que tenerles miedo. Uno donde no haya impunidad para el escándalo Ciccone ni la tragedia ferroviaria de Once. Donde se pueda ahorrar en la moneda que se prefiera. Un país con menos inflación y más seguridad. Con un discurso oficial menos antagónico con el disenso y más sincero con las estadísticas sociales. Eso fue dicho y también escrito en las pancartas que se vieron en las populosas marchas que convirtieron a las grandes ciudades argentinas en capitales del invierno del descontento.
Si hubiera que sintetizar la heterogeneidad de demandas en una palabra, esa sería república.
Hubo una masiva demanda de legalidad, previsibilidad y justicia: no sólo menos inseguridad ciudadana sino también más seguridad jurídica. Un incontestable repudio contra los desbordes del poder político. Y por eso, aquí, allá y en todas partes los carteles también dijeron "no" a más reformas de la Constitución. "No" a las re-reelecciones.
En San Miguel de Tucumán, epicentro de uno de los cacerolazos más multitudinarios del simbólico día 13, apenas 48 horas antes se reunieron 40 legisladores a cenar con el gobernador al cual deben controlar. La razón: los parlamentarios quieren que se reforme otra vez la Carta Magna enmendada hace sólo seis años. Y quieren más re-reelecciones.
Que muchos actores gubernamentales de la provincia, ayer, se confesasen impactados por la magnitud de la manifestación confirma que en la política no hay sorpresas: sólo hay sorprendidos. Los seguirá habiendo en la medida que, mientras piden lo que la ciudadanía repudia, pregonen que son oligarcas los que marchan. Y que protestan porque quieren que los pobres sigan pobres.
A la parrilla
El bloque Tucumán Crece configura, por estas horas, el invierno del descontento del gobernador. En su entorno aseguran que lo irrita la desesperación de los legisladores por avanzar con una reforma de la Constitución a menos de un año de iniciado el nuevo mandato. Del lado parlamentario, hay mucho nerviosismo. José Alperovich, aseguran en los pasillos, ha dejado de atender las llamadas de los históricos y de algunos recién llegados que se presentaban con certificado de bendición del jefe del Ejecutivo. Si a eso se suman los celos políticos por el trato preferencial que recibe Guillermo Gassenbauer; el mensaje fáctico de Marcelo Ditinis de que es preferible volver a ser secretario de Estado a seguir como legislador; y los fantasmas de José Alberto Cúneo Vergés, Juan Carlos Mamaní y Teresa Felipe de Heredia, por citar algunos "soldados" de la causa que cayeron en el olvido oficial, el resultado es la crispación. Ella es la organizadora del asado del martes.
El lunes, los legisladores José Teri y Juan Siviardo Gutiérrez se gritaron mucho y feo en la ceremonia de restitución del edificio que ocupaba la Legislatura, en la primera cuadra de la todavía Rivadavia. Los separaron antes de que la situación pasara de las bocas a las manos. Y mientras miembros de la comunidad escolar se preguntaban si bastará con que la calle se llame Virgen de la Merced, los políticos advirtieron que carajearse delante de la senadora Beatriz Rojkés era síntoma de un real descontrol.
Pretenden que el vicegobernador sin cargo, Juan Antonio Ruiz Olivares, habría sido quien acercó al gobernador la urgida idea de agasajar a los legisladores y aplacarlos. Alperovich accedió de mala gana. Dijo que sí porque, en definitiva, los muchachos llevan nueve años blindando de poder discrecional a su gestión. Y revistiendo de legitimidad la prolongación infinita de la emergencia económica. O las millonarias contrataciones directas por fuera de las licitaciones públicas que reclama la Constitución. O los incontables decretos de necesidad y urgencia, carentes de lo uno y de lo otro. Dijo que sí porque él conoce la desesperación que ahora lo enoja: tras asumir su tercer mandato en octubre de 2011, en noviembre manifestó que quería un cuarto período en 2015, de lo cual se desdijo en diciembre. Pero no por ello dejó de convidarles su disgusto.
Decidió recibirlos el martes sólo durante una hora. La brevedad pactada no era una razón de Estado, sino las eliminatorias: a las 22.25 comenzó a jugar Perú y a sufrir la Argentina. Por si los invitados no lo tenían claro, Alperovich se los dio de postre, a las 22.10. "Muchachos, me voy a ver el partido". Y los muchachos se fueron como llegaron. Algunos pretenden que el anfitrión dijo tengo ganas de seguir, y otros juran que sólo manifestó me gusta mucho lo que hago, pero lo cierto es que no dijo que fuese a impulsar otra reforma. Ni ahora ni en 2014, como barajaba prometer hace unas semanas. Ese silencio, aunque indigestó a los invitados, logró conjurar que el cacerolazo pasara de ser el cimbronazo que fue a convertirse en una catástrofe política para la gestión local.
Durante esa hora a las brasas, los cenadores masticaron dos advertencias del gobernador: salgan a enamorar a la gente y
defiendan la gestión de los ataques porque Silvia Elías y Ariel García los están llevando puestos
. Léase: el gobernador les reclamó que trabajen porque asume que no lo hacen. Y reveló que le preocupan las derivaciones judiciales del escándalo de las empresas fantasma que habría contratado la Dirección de Arquitectura y Urbanismo, que azuzan los radicales. El propio jefe de Estado lo ratificó luego. Capaz que Guille vuelve al Gobierno, dijo en tono casual. Si Gassenbauer hijo toma licencia, a la vacancia con fueros la cubrirá el tercero del acople: ningún otro sino Miguel Brito, el renunciado ex director de la DAU.
Lo que no dijo Alperovich pero sí un allegado suyo es que primero testearon la posibilidad de que pidiera licencia la segunda de la lista, la legisladora Graciela del Valle Suárez, pero su esposo, el titular del Concejo capitalino, Ramón Santiago Cano, habría lucido algo distraído ante la consulta.
Pasan lista
El poder político ha entrado en una ánimodependencia del gobernador. Cuando el mandatario aparece cabizbajo, los rojkesistas sacan pecho y se barajan mil binomios. Y pegarle al intendente Domingo Amaya es deporte. Cuando Alperovich se muestra animado, todos descuentan que habrá "re-re-re", a Amaya lo recibe el ministro "K" Julio De Vido y hasta los adelantados del rojkesismo con oficina en Buenos Aires, como Marcelo Caponio, pregonan enmiendas constitucionales. Y los alperovichistas a los que Betty no les sonríe toman asistencia de los que se quedaron con José, de los que apostaron por ella, y de los que jugaron a dos puntas.
En la Legislatura también pasan lista. En algunos despachos importantes en tamaño y en ocupante releen el artículo 150 de la Carta Magna: para reformar la Constitución, así sea sólo para habilitar la reelección indefinida de cargos legislativos, hacen falta 33 votos (dos tercios de los 49 legisladores). Y para insistirla, si fuese vetada, se requieren 37 (tres cuartas partes). Y el bloque oficial tiene 40 miembros. O sea, están haciendo cuentas. Y ese es el asunto. Porque es verdad que la Cámara sólo sesiona con permiso del Ejecutivo, poder cuyo dogma es que los votos no son de los parlamentarios sino del gobernador. Pero no es lo mismo hacer cuentas que no.
Sobre todo en la Cámara.
Abastos Central Tucumano anunció su inminente inauguración en el ex Abasto de la capital. Según consignó la empresa Vizora y según publicó LA GACETA, el paseo cultural y comercial, que incluye la restauración arquitectónica del ex mercado y la apertura de un hotel Hilton (109 habitaciones, hidromasajes, saunas, spa, piscinas, restoranes...) abarca 22.000 m2 y $ 150 millones de inversión. Es decir, $ 6.818 por m2.
El complejo de avenida Sarmiento y Muñecas que incluye el nuevo edificio de la Legislatura, inaugurado en febrero, fue inscripto en la Municipalidad capitalina con 15.750 m2 de superficie. Costó, hace siete meses, $ 130 millones: $ 8.254 por m2.
El proyecto original para la nueva sede legislativa data de 2007, cuando asume Juan Manzur como vicegobernador y promete reducir a la mitad el presupuesto de la Legislatura, por entonces de $ 200 millones, porque sostenía que con $ 100 millones sobraba para funcionar y que el resto iría a obras para la gente.
En esa génesis, se preveía construir 7.000 m2 y gastar $ 21 millones: razonables $ 3.000 por m2. En enero de 2008, la obra había pasado a costar $ 25 millones (un 20% más). En junio de ese año se conoció que la Ley 8.073 facultó a Manzur a eludir la licitación pública para encarar una obra cuyo costo había ascendido a $ 35 millones. En marzo de 2009, el acuerdo 754 del Tribunal de Cuentas dio luz verde al vicegobernador para que contratase en forma directa la edificación, por $ 93,8 millones: 447% más que en 2007. Cuando la habilitaron, la obra se había encarecido en otros $ 36,2 millones. Con el Presupuesto legislativo se dio un fenómeno similar: el actual es de $ 380 millones.
Que los legisladores ocupen una sede cuyo metro cuadrado es un 21% más caro que un hotel internacional, cuanto menos, explica por qué los miembros del Poder Legislativo no hacen nada sin la venia del gobernador: no se comportan como los miembros de un poder independiente y soberano, sino tan sólo como huéspedes, cuya continuidad en el edificio cinco estrellas depende de otro. Del dueño. Que se reserva derecho de admisión y permanencia en una institución que, además de la dieta, facilita $ 40.000 para asesores y $ 50.000 para gastos sociales, en el peor de los casos.
Y el invierno del descontento, para los descontentos, se vuelve verano con este sol de Tucumán.