Distintas imágenes surgen cuando quiero representar mi vida. Puedo verla como una esfera -como nuestro Planeta- o como un viaje -en tren, por ejemplo- o como un árbol que crece y se ramifica. Pero mi preferida es la imagen del camino. A veces recto, otras sinuoso, llano o escarpado, iluminado u oscuro. Me gusta porque el camino marca un rumbo aunque la meta final no se vea. Más bien tiene plantadas varias metas en toda su extensión. Ninguna rígida. Ninguna imposible. Ninguna absolutamente cierta. Ninguna que no pueda reemplazarse o suprimirse. Andando en ese paisaje ocurre con más frecuencia de la que quisiera que me adentro -queriendo o sin querer- por algunos desvíos. Lo positivo es que no me pierdo. Lo negativo es que puedo llegar a mal emplear el tiempo y la energía. Lo bueno es que puedo aprender de tales supuestos errores. Y que la experiencia me va diciendo que cuanto menos me desvíe más gano en coherencia. Pero ya no sufro los desvíos como si fueran caídas. Dispuesta a volver a empezar cada vez que sea necesario, avanzo dos pasos y retrocedo uno. Dicen algunos sabios que es el modo corriente de andar por la vida. Especialmente cuando se la toma como un camino, que sigue marcando el rumbo en medio de los desvíos.