"En la columna de la luz inclinada todavía están las manchas de sangre del último accidente; era un chico que venía en una moto y que se mató", recordó María Carolina Rivero el lunes 27 de agosto. Cuatro días después de aquellas palabras, la camioneta en la que viajaban los hermanos Andrés y Emilio Huidobro se llevó por delante un poste de la misma hilera y Andrés falleció ¿Coincidencia? No: la mujer vive junto a la curva de la muerte, en la ruta 306, muy cerca del increíblemente peligroso cruce con la 9. Ahí las tragedias no sólo ocurren por imprudencia, sino también porque el Estado está ausente.

El lugar en el que se produjeron los dos accidentes del párrafo anterior es apenas uno de los tantos puntos del límite entre Banda del Río Salí y San Andrés donde conductores, motociclistas y peatones se juegan la vida todos los días. Lo que ocurre en las rutas 9 y 306 (especialmente en el cruce de ambos caminos) es un insulto a la seguridad vial: el pavimento da lástima, la iluminación es pobre, la señalización es escasa, los controles son muy esporádicos y la imprudencia es grande. Por eso, las grutas que recuerdan a los muertos también acusan a aquellos que poseen la responsabilidad de brindar seguridad: Vialidad Nacional, la Dirección Provincial de Vialidad, la Municipalidad de Banda del Río Salí, la comuna de San Andrés y la Policía Vial.

El peligro no se limita al cruce, sino que se extiende a lo largo de varios kilómetros de las dos rutas y se profundiza con cada nuevo barrio o asentamiento que aparece cerca del pavimento. Por todas estas razones es casi indudable que las grutas de la muerte van a seguir multiplicándose. LA GACETA ©