"Educación, educación, nada más que educación; pero no meando a poquitos como quisieran, sino acometiendo la empresa de un golpe, y poniendo medios en proporción del mal", le escribió Domingo Faustino Sarmiento a su amigo el tucumano José Posse, con quien mantuvo una relación epistolar que trascendió largamente las cuestiones privadas. Para el autor del "Facundo", uno de los políticos más polémicos que ha dado la historia argentina, la educación era la herramienta por excelencia de la formación de ciudadanos.

Ayer, a los 124 años de su muerte, la Escuela Sarmiento celebró la devolución del edificio en el que durante más de un siglo fue ocupado para tareas legislativas. Todo un símbolo del postulado sarmientino sobre un vínculo que no es para nada nuevo en la Argentina, pero que este año ha retomado particular actualidad: el de la educación y la política.

Desde que el kirchnerismo lanzó hace un mes la iniciativa del voto optativo a los 16 años, y desde que empezó a expandirse "La Cámpora" como brazo juvenil del oficialismo, campea en ciertos núcleos de la clase media el temor a que sus hijos sean "adoctrinados" en la escuela por esa agrupación. A tal punto ha llegado la demonización de "La Cámpora" (que mezcla dosis de militancia con la fuerza del "aparato", como lo hizo por décadas Franja Morada en la Universidad) que por la red circula una "carta modelo" por la cual se instruye a los padres a retirar a sus hijos del colegio a la menor señal de cercanía de las huestes juveniles kirchneristas.

La estigmatización de "La Cámpora" ha alimentado cierta idea de que "la política no debe estar en la escuela". Si en los padres campea el miedo, hay numerosas señales de que sus hijos no siempre comparten ese temor: en América Latina y en el resto del mundo la escuela es en estos últimos años una caja de resonancia del debate político, porque el "joven" se ha convertido en un jugador con presencia en el campo político y económico (Chile, los indignados europeos, el impacto del desempleo en el sector en todo el mundo, y la lista sigue).

Fuera de la hora de clase, la discusión sigue en las redes sociales. En esos foros, en algunos casos, los adolescentes exhiben autonomía de pensamiento, sobre todo en su aceptación de la política como una actividad humana, con sus luces y con sus sombras; en otros, reproducen el discurso de sus padres, de que la política es, necesariamente, corrupción y prebenda; recurrente, suena en las discusiones entre compañeros el argumento del voto calificado: "los que reciben planes están atados a la necesidad; no tienen autonomía en sus decisiones", coincidieron la semana pasada varios alumnos secundarios que compartieron reflexiones con LA GACETA; y hasta en algún caso se deslizó el malentendido de que "ser profesional" (universitario) es condición necesaria para la práctica política, cuando ese no es un requisito incluido en la Constitución. En pleno siglo XXI, todavía transita con vigor en Argentina la idea del voto calificado.

Entre los docentes, cada vez son más los maestros y profesores (jóvenes, de la generación intermedia) que asumen que la educación, la escuela, deben ser un laboratorio de ciudadanía. Y entre los desafíos que enfrentan, emerge un reclamo compartido por muchos adolescentes: piden que no los subestimen; que no intenten manipularlos; que les provean de la información y las herramientas necesarias como para que ellos puedan ejercer un pensamiento crítico y autónomo, sea en las urnas o en la vida diaria, por donde transita la política.