Siempre me extrañó esa sencillez que tienen los niños y los viejos para disfrutar de las cosas que llegan sin filtro al corazón. Hay una etapa en la vida en que perdemos esa sensibilidad y después la volvemos a recuperar. Pero ciertas personas no la pierden jamás. Por alguna razón conservan esa mirada subterránea que les permite llegar a lo esencial, sin distraerse en los brillos ni en lo pasajero. Así es mi amigo Jorge Chico, un vicentino de alma, que preside la Conferencia de San Pío X, y organiza la Fiesta Anual de los Abuelos, que se efectuó ayer en la escuela Ciudadela.
Cada año, esta fiesta -en memoria de otro gran vicentino, Roque Federico Arroyo-, es más grande. Comenzó hace 41 años con tres o cuatro hogares de ancianos y hoy reúne a 11, y a 260 abuelos. Alguna vez me tocó cubrir esta fiesta y pocas veces vi tantas caras felices juntas. Y no es por las 1.600 empanadas que cocinan los vicentinos, ni por los 200 kilos de pollo que deshuesan, ni los 40 litros de sopa que sirven ni por los 40 kilos de torta de distintos sabores que reparten. ¡Es por el cariño con el que son recibidos cada año! Por la paciencia con que son tratados por 18 jóvenes servidores que los ayudan a bajarse de los colectivos, que los trasladan desde los hogares y los llevan de regreso. Son esos mismos chicos los que les dan la comida en la boca, si es necesario, que los hacen bailar, aunque estén en sillas de ruedas, que están pendientes de todas sus necesidades...
Bailan, se divierten, participan de números artísticos y vuelven a sus hogares con un regalo cada uno y con bolsitas con golosinas para convidar a algún compañero enfermo que no haya podido asistir. Lo más esperado es el concurso de elección de la reina y el rey, los príncipes y varias "miss" (elegancia, simpatía, etcétera).
Vuelven cansados, despeinados, llenos de papel picado, a sus hogares. Y muchas veces, los reyes se duermen abrazados a su corona o dejan el cetro bien "paradito" al lado de su cama.