Consumo ciego
La ciencia ha llegado muy lejos. La publicación de sus avances es tan rápida que la demanda de sus descubrimientos va más adelante que los estudios que se hacen luego para conocer el impacto de los mismos. Por ejemplo, los celulares utilizan ondas invisibles, pero que son perceptibles por algunos animales y los bebés. Está probado que su uso es dañino y por eso está prohibido en Suiza para menores de siete años. Algo parecido pasa con los agroquímicos. Se crearon algunos tan fuertes que matan todo ser vivo cerca de la planta. Pero también mata la planta; por eso se cambió genéticamente la semilla de la misma para que aguante el herbicida. Por eso la tierra se cansa y no por mucho es fértil para más cultivos. Para ninguno. El estudio científico es bueno si acompaña el crecimiento social en todo sentido y no en parte. ¿Se tiene en cuenta la salud de los seres humanos? ¿La salud está ligada únicamente a un crecimiento económico? ¿Qué es la salud? Sabemos que después de la revolución industrial aparecieron nuevas enfermedades a costa de los productos refinados: diabetes, pancreatitis, entre otras. EEUU tiene serios problemas con la obesidad en su población, por sus alimentos a base de síntesis, refinamientos y químicos que bien maquillados parecen comidas. Estamos lejos de la naturaleza, ¿preguntamos al verdulero de dónde viene la lechuga? ¿Al almacenero si sabe cuántas veces fue reciclada la leche que me vende? ¿Al panadero si el maíz de su harina es transgénico? ¿Y a qué herbicidas estuvo expuesto? ¿Qué es Monsanto? ¿Preguntamos cuando compramos? Es lo único que nos permitirá seguir siendo dueños de nuestras vidas, de nuestras elecciones: la pregunta. Pero ella parte de un criterio: el de la educación y el conocimiento.

María Carolina Gallo

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