Se adueñan del espacio que te pertenece a vos, a mí, a todos. Y guarda con decirles algo o rozar la mercadería con la que ocupan la vereda angosta por la que apenas puede caminar la multitud apretada y apurada que recorre el centro. Lo único eterno en esta ciudad parecen ser los vendedores ambulantes. A tal punto que da la impresión de que su presencia se volvió natural: están siempre ahí, como los postes de luz, los canteros y las florerías de las peatonales.
La indignación que causa ver la calle convertida en una juguetería a cielo abierto -como ocurre ahora- apunta directamente hacia ellos; es inevitable. Pero, al fin y al cabo, son personas que buscan subsistir y a las que el Estado debe atender. La cuestión pasa por otro lado; no es difícil llegar a la conclusión de que esta actividad existe, porque el Gobierno lo permite y porque les sobran clientes. Dos ejemplos: cuando los inspectores de Rentas recorren los locales comerciales buscando irregularidades, pasan delante de ellos como si no los vieran (es la misma indiferencia que demuestran los municipales que deberían impedir la venta irregular). Incluso, algunos ambulantes colocan sus productos en los bancos de la plaza Independencia, justo enfrente al ventanal del despacho del Gobernador. Y no pasa nada.
Más que nunca en vísperas del Día del Niño, aquel fallo judicial que ordena que la vía pública sea liberada parece no haber sido dictado jamás. Como siempre, habrá que seguir esquivándolos.