La muerte siempre acecha, pero solo cuando golpea cerca nos hace reflexionar. No hace falta perder un ser querido. Puede ser la partida de alguien que no conocimos pero que nos hizo estremecer con su voz o su escritura; un conocido de quien sabíamos que era flor de tipo o hasta de alguien cercano a un amigo lo que nos movilice la necesidad de pensar qué es la muerte. Y qué sentido tendría la vida si todo terminara con esa desaparición física irreversible. Desde las más firmes creencias religiosas, en un extremo, hasta el absoluto ateísmo, en el otro, hay una enorme franja de posibilidades según las creencias a las que cada uno adhiera -o lleve adheridas sin saber que son tales-. Puestos a elegir -como dice Serrat- prefiero creer que la muerte es una puerta hacia otro tiempo y otro espacio, donde la existencia se prolonga, sin la densidad del cuerpo. Con la liviandad de un espíritu construido de buenas acciones, de actos coherentes, de buen trato hacia sí mismo y los otros. Y, desde ese punto de vista, los espíritus de aquellos a quienes vi partir estos últimos días prolongan su existencia.