La cita los convoca. Ellos adentro, y el resto envolviendo la pasión. Pero si de un lado la cosa no funciona, entonces el espectáculo es parcial. Incompleto. Ayer le pasó a Atlético, que depositó toda la fiesta en su gente, localísima en las tribunas. Y nada más, porque en el campo ese equipo que tiene que aportar su granito de arena no cumplió su parte. Tan extrema fue la cosa que la Copa en juego viajó hasta Ciudadela nada menos. Por eso el 1-1 en el segundo clásico contra San Martín terminó siendo un doble puñal para el "decano".

Cada caída de Ballini, cada pifia de Bustamante y un par (no más) de intentos sin pimienta del pelilargo Cobelli, aumentaron el volumen en las tribunas. Sí, ni Matías, ni Gonzalo, ni Juan Manuel -tres que ayer se llevaron el premio a lo peorcito de la cancha- pudieron opacar a las gradas "albicelestes". Por suerte, el poquísimo fútbol al menos sirvió para inyectar un plus al clamor de la hinchada que, entre bombos y cantos interminables, rogaba un pase como la gente o una idea clara para lastimar a un rival igual de penoso que no se inmutaba para asustarlo.

Lo que "santos" y "decanos" volcaron en el césped no fue agradable. Y deberán prestar atención, ya que los dos se están preparando para torneos que no son ninguna ganga. La contracara fue la hinchada, que estuvo al pie del cañón para justificar la ocasión: ellos acreditaron el clásico, y por ellos, la reunión valió la pena.

Lo demostraron durante los 90', pero más que nunca cuando el rojiblanco copó el círculo, festejando lo conseguido. Los anfitriones de las tribunas no sucumbieron ni se achicaron. El revoleo de banderas siguió hasta lo último de lo último. Eso fue lo más lindo del clásico. La pelota no rodó, saltó. Pero los corazones latieron y bien fuerte.