¿Usted sabe por qué este barrio se llama Ciudad de Dios? La pregunta se repite de puerta en puerta. A todos "les contaron" que lo bautizaron así por una película, pero nadie la vio. "Esta ha sido una picardía de esos pícaros que nunca faltan, que dicen que acá viven muchos negros, que esta es una villa de negros", opina Ema Peralta desde el umbral de su casa. Cuando la mujer de 66 años, siete hijos, 29 nietos y 17 bisnietos, habla de "esos pícaros" se refiere a los habitantes de los barrios vecinos. "Se creen más poderosos porque viven en otro lado, pero en realidad son menos que nosotros", explica, empleando un tono despectivo.

Ema vive en la primera de las nueve manzanas que componen Ciudad de Dios. La villa se encuentra rodeada por tres barrios emblemáticos de San Miguel de Tucumán, conocidos popularmente como "La Bombilla", "El Sifón" y "Trulalá". De hecho, muchos de sus habitantes vinieron desde allí.

Por su parte, Antonia Medina tiene su propia interpretación acerca del nombre de la villa. "Mi marido y yo somos somos pastores evangélicos. Como creemos en Dios, lo tomamos con otra visión, como que este barrio ha sido creado para Dios", afirma.

Llegar a Ciudad de Dios es geográficamente sencillo. Pero poco recomendable para quienes son ajenos al lugar. Los colectivos no ingresan, los taxistas se resisten a llevar pasajeros hasta ahí y los mismos vecinos admiten que los robos y la drogadicción se han convertido en parte del paisaje.

Las casas son todas iguales, como suele ocurrir en los complejos habitacionales edificados por el Estado. Sólo las distinguen las particularidades que cada propietario le ha dado a la suya: piletas de lona que reemplazan portones y cortinas, carros y motos estacionados en las veredas, casillas improvisadas en los patios y las infaltables pintadas políticas que advierten que en la zona apoyan a los concejales alperovichistas "Cacho" (Ramón Santiago) Cano y a Esteban Dumit.

Niños desprotegidos
La mayoría de la gente que vive en Ciudad de Dios reconoce que el barrio es inseguro. "Los delincuentes son de todas las edades; de acá no se puede salir porque si dejás un rato la casa sola, volvés y la encontrás vacía", asegura Ema, a quien le rompieron la puerta hace dos meses y balearon su vivienda para robarle.

Antonia -la pastora- también se queja de la falta de control sobre los niños y adolescentes. "A veces los chicos agarran las hondas y llueven las piedras en mi casa", denuncia la mujer de 53 años, detrás de un enrejado impenetrable. Antonia cuenta que se horroriza cuando ve lo que pasa con los menores. "A veces es de madrugada y hay nenitos de dos años que andan solos en la calle, todos entreverados con los más grandes", relata.

En otra esquina, Brenda Singh dice que se lleva la peor parte. La joven de 22 años vive en la intersección de Juan José Paso y Tagle, el lugar adoptado por los adictos a las drogas para reunirse cada atardecer. "Acá al frente se juntan a drogarse chicos desde los 10 años para arriba y desde aquí siento el olor a marihuana", comenta. El bebé que tiene en los brazos va a cumplir un año dentro de un mes, pero no sabe si lo podrá celebrar. "No se pueden hacer cumpleaños en el barrio porque la gente no quiere venir, entonces hay que gastar en alquilar un salón en otro lado", argumenta.

"Los une la droga"
Brenda es joven pero prefiere no salir. "Estoy todo el día metida en la casa porque a veces se ponen a hacer tiros al aire o te arrancan la cartera", declara, mientras su hermano controla cada palabra que dice y se acerca con una mirada inquietante. Hugo Singh también es joven, tiene 21 años. Cuando intenta evitar que la charla continúe, le pregunto qué opina del nombre de su barrio. "Le dicen así porque vino gente de otro lado a hacer maldad nomás, pero como en todo barrio hay gente que se droga y sale a robar", responde con naturalidad.

Hugo parece molesto por la entrevista y la expresión de desagrado no desaparece de su cara. "Mayormente vienen de 'La Bombilla', 'El Sifón' y 'El Trula', hay competencia entre barrios pero al final los une la droga y, como todos andan en la misma, se juntan acá", finaliza.

Son las 18 de un jueves y tres jóvenes comparten una cerveza en la vereda. "El barrio no es tan feo como dicen; eso sí, hay muchísima droga", asevera Patricia Reyes, que se jacta de vivir en la parte "más linda" de Ciudad de Dios, sobre calle Colombia. Su hermana, Luján Reyes, se queja: "este barrio está quemado por lo que vienen a hacer los de afuera".

A José Saravia, otro de los vecinos, le preocupa lo que pasa en la villa. El hombre de 53 años se dedica a levantar chatarra en un carro y sostiene que no les permite a sus nietos salir a jugar a la calle. "Me preocupa lo que vayan a aprender aquí, por eso están todo el día adentro". Saravia tiene claro cómo funcionan las cosas en Ciudad de Dios. "Acá no hay que confiarse de nadie; si me saludan, yo los saludo, pero no hay que meterse en nada ni andar discutiendo para evitar problemas", expresa. Así, explica por qué prefiere "no meterse" cuando ve a chicos de 12 años asaltando a las mujeres. "Acá hay que tener códigos", remarca.

"Un barrio peligroso"
Está por caer el sol y Dora del Valle Alanis se apura en empujar un carro cargado con botellas de plástico hasta su casa. Tiene la apariencia de una anciana, con su postura encorvada, sus manos ajadas, su piel arrugada y el pelo gris, pero apenas tiene 52 años. "Junto botellas y se las vendo a un corralón para pagar el almacén y la luz, yo cobro la pensión por siete hijos pero la plata no me alcanza; además tengo una nieta de seis años discapacitada", cuenta.

Dora repite la misma historia que ya contaron otros vecinos. "Vienen de otros barrios, roban motos y caballos, y después se escapan por el monte". El monte. Así le llaman a un descampado que se extiende frente a la calle Colombia, cubierto por bolsas con basura, que se convirtió en la vía de escape ideal para los ladrones.

A Dora le robaron de la vereda un carro y un caballo, por eso ahora sale a pie. Pero se apura para que no la sorprenda la noche porque -insiste- "es un barrio muy peligroso".

EL ORIGEN DEL NOMBRE
"Ciudad de Dios" es un filme brasileño, estrenado en 2002. La película está basada en hechos reales y muestra cómo se vivía en las favelas de Río de Janeiro entre los años '60 y los '80. Pone ante los ojos del espectador el nacimiento del crimen organizado en Brasil, el tráfico de drogas, la violencia, la indiferencia del gobierno y la falta de autoridad de parte de la Policía. De esta manera, deja ver lo difícil y peligroso que puede ser crecer en una localidad marginal, donde las personas no tienen expectativas de progreso desde niñas y asumen la violencia como normal.