La muerte llega, sin dudas. Deja un legado, una herencia que depende mucho de cómo haya sido la vida. El rock ha muerto... falta que le avisen.

Cada vez quedan menos dudas de que el rock ha muerto. Mientras los deudos intentan evitar el llanto, creyendo que podrían resucitarlo, hay quienes proponen pensar en lo que quedó, lo que dejó, y los caminos por los que podría seguir.

Hoy, lo más representativo del rock argentino son dos bandas uruguayas. Sí, es una exageración, una afirmación injusta, antojadiza y mal intencionada. Pero no por ello menos cierta.

Las nuevas figuras de la escena pasan los 40 años de vida y los 20 de trayectoria (Massacre, sin ir más lejos). Los éxitos comerciales tienen cara de revival o reencuentro. El semillero se mostró inquieto en los últimos tiempos en una sola dirección: el reggae. El pop, que en la primera década del siglo parecía llevarse todo por delante con talento, creatividad, ingenio y novedades, quedó girando sobre sí mismo, sin posibilidades de correr el velo de sensible erudición que lo rodea.

Lo más duro, seguramente, es que al morir no cumplió con la máxima de "dejar un cadáver bonito". Aunque de mucho no sirva por el momento, vendría bien tratar de averiguar cuándo y dónde murió el rock. El mercado (sponsoreo, canibalismo comercial, etc.) puede haber sido un factor. Tal vez el más claro que aparece, pero no el único. La decrepitud del formato físico de la música, la sobrevaloración del show en vivo como megaespectáculo...

Mientras tanto, habrá que esperar que se cumpla la sentencia de Daniel Melero (revista Dale): "la única manera de convertirte en un clásico es siendo un revolucionario".